Érase una vez una mujer que se creía culpable por sentirse triste.
Una mujer a la que le convencieron de que la tristeza podía ser un signo de debilidad. Una mujer que se llevó una gran sorpresa cuando descubrió por sí misma que era todo lo contrario.
En este post voy a contarte, querida amiga, lo mucho que cambió mi vida cuando me di permiso para escucharme y abrazar la tristeza. Esa emoción que tan a menudo nos han invitado a asociar como algo negativo cuando, en mi opinión, nos brinda una oportunidad increíble para conectar con nosotras mismas.
¿Te quedas un ratito con nosotras?




