Invoca el poder de la valentía

 


Durante muchos años de mi vida me pregunté ¿qué era ser valiente?

No sé realmente cómo se depositó en mi interior esta idea, pero desde pequeña sospeché siempre que ser valiente implicaba realizar grandes proezas...

No a modo de ser la heroína de ninguna súper historia, pero sí requería hacer actos prosaicos, enormes y transformadores.

Siento que de niños todos soñamos en grande, queremos cambiar el mundo de alguna manera... Y para hacerlo, sabemos instintivamente que necesitaremos a la valentía como uno de los ingredientes mágicos de la fórmula.

(¿Era esa la sustancia 'X' que el Profesor Utonio utilizó para crear a las chicas súperpoderosas?)

Paréntesis caricaturesco aparte, la vida fue pasando, y el mundo que alguna vez era infinito, se fue empequeñeciendo en las labores cotidianas.

Sanando la relación con mi padre

 


El pasado mes de junio llevé a cabo junto con mi amiga Leslye Rivera el taller de escritura creativa "Sanando la relación con mi padre", una nueva ruta hacia el autoconocimiento que propusimos este año como parte de la serie de talleres de escritura creativa y terapéutica que estuvimos llevando a cabo para rescatar a nuestra niña interior.

 

Asomarnos por la ventana de nuestra infancia para comprender nuestras heridas y sombras, es imprescindible para construirnos desde un mejor lugar desde ahora y para siempre.

 

Este taller estuvo dirigido a aquellas mujeres que deseaban resignificar la historia que tuvieron con sus padres.

 

Resignificar es uno de los senderos de la sanación personal que te ayuda a alivianar la carga emocional dolorosa que tiene tu historia de vida.

 

La historia de tu infancia está impregnada de percepciones, distorsiones y omisiones que muchas veces no llegan a ti desde tu propia vivencia, sino de lo que te contaron sobre tus primeros años de vida y las personas que te rodearon en aquel entonces.

Mi amiga la culpa


Hace algún tiempo tuve una amiga, se llamaba culpa, ella era la viva imagen de esta emoción, olía a culpa e irradiaba culpa por doquier. Cuando la conocí, era una mujer radiante, hermosa, un alma encantadora, con un cuerpo que cualquier hombre quería presumir, como territorio conquistado.

Tenía 16 cuando, cansada del desamor de su familia disfuncional, se dejó convencer por esa estafa llamada matrimonio, deslumbrada por la experiencia y los encantos de alguien que le doblaba los años, y que la sacó del mercado de las oportunidades, convirtiendo su primavera en un uniforme de empleada doméstica.

El idilio de amor duró un suspiro y la vida de casados era una condena de casa por cárcel, pero con hijos. Se le venció muy rápido el tiempo para soñar y entonces empezó a usar sueños prestados.

Su belleza y simpatía no se fueron después de dos niños, al contrario, se acentuaron más y la convirtieron en un imán de hombres jóvenes que quisieron demostrarle que existía la libertad, el amor sin reglas y las discotecas.