Es cierto que recalqué muchas veces un tiempo que creí vencido en esa
ciudad, pero ahora que la veo a la distancia, quisiera caminarla de nuevo y
escucharla en la cordialidad de su gente, recuerdo sus calles como quien
recuerda una risa, añoro esa cotidianidad como quien añora el encuentro de
aquello que quedó suspendido en el tiempo, pero con la esperanza de volver a
encontrarse algún día.
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Carta de despedida a una ciudad
Callar no es hacer silencio
Cuando comienzas a evadir lo que quisieras gritar con el alma,
seleccionando cuidadosamente lo que se va a poner sobre la mesa, cuando cedes
tus espacios comunicativos hasta perder tu identidad justo cuando tu pareja
posterga lo que es indispensable decir, tú te sigues gritando por dentro
esperando de nuevo el momento preciso.
Trabajando duro o durando en el trabajo
Para que una
empresa crezca y dé los mejores resultados, debe procurar que sus empleados
permanezcan el tiempo justo cumpliendo sus labores, pero si las instituciones
siguen aplaudiendo a los que se quedan en largas jornadas laborales hasta que
los ojos irritados del cansancio no den más por las tantas horas frente al
computador, y desalienten a los que cumplan un horario, a la larga tendrán
dentro de su nómina gente frustrada o enfermos que piden reposos para alejarse
de sus puestos de trabajo porque el cuerpo les exige descansar.
Detenerse para continuar
Pero cuando te
detienes y te sales de ese entorno y lo miras desde afuera, te das cuenta que
por mucho tiempo lo acogiste como tu zona
de confort, te mentiste por una larga temporada y te dijiste a ti mismo que
allí todo estaba bien, que justo así como los días transcurrían eran perfectos
para ti.
Volvamos a casa
Cuando uno deja
su felicidad en manos de otra persona, cuando ese malestar interno depende de
lo externo, estamos alejados de nosotros y en presencia del abandono. Esperar a
que alguien diga o haga algo para que por fin nos podamos sentir bien, para que
nuevamente llegue la dicha a nuestras vidas, es tan desatinado, tan dramático y
extenuante, ya que nuestro sentir interno camina constantemente en la cuerda
floja del hacer de otro, así que le otorgamos a ese otro nuestro poder interno,
y cuando esa persona sabe que nuestras alegrías y tristezas dependen de su
accionar, entonces se empodera y toma las cuerdas para utilizar la marioneta de
nuestros sentimientos a su antojo, y estamos contentos o desdichados,
dependiendo de lo que alguien decida en determinados momentos, y conectarnos de
nuevo con nosotros se vuelve casi imposible de lograr.
Ese esperar de
afuera lo que fácilmente nos podemos dar desde adentro. Esperar a que alguien
sonría para sonreír, esperar a que alguien se le pase una rabieta para poder
sentirnos aliviados, esperar a que alguien se guarde el orgullo para continuar
la relación tal cual como estaba antes de que el orgullo llegara, esperar el
que nos tomen en cuenta para que la indiferencia no duela tanto, esperar a que
los celos pasen para sentirnos nuevamente dignos de ser amados, y así vamos
caminando, esperando de otros lo que no sabemos darnos.
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