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Carta de despedida a una ciudad



Le debía esta carta de despedida a una ciudad que me dio albergue por más de cuatro años, hace ya varios meses que me fui de allí y aún no le había expresado mi más profundo agradecimiento, uno siempre se despide de personas pero casi nunca se percata que los lugares también reclaman nuestra despedida, sobre todo aquellos lugares que nos estuvieron esperando para vernos crecer y se enorgullecen al ver cómo nos vamos de allí con el alma engrandecida.


Es cierto que recalqué muchas veces un tiempo que creí vencido en esa ciudad, pero ahora que la veo a la distancia, quisiera caminarla de nuevo y escucharla en la cordialidad de su gente, recuerdo sus calles como quien recuerda una risa, añoro esa cotidianidad como quien añora el encuentro de aquello que quedó suspendido en el tiempo, pero con la esperanza de volver a encontrarse algún día.

Callar no es hacer silencio


Cuando uno pierde la habilidad de comunicar sus sentimientos y se acostumbra a permanecer en silencio, uno en realidad se calla por fuera pero se grita por dentro. ¿Si no puedes hablar desde el centro de tu corazón, desde qué arista lo haces? Conversar con el otro abiertamente es una iniciativa importante para amar de la mejor manera, pero cuando comienzas a seleccionar aquello de lo que sí puedes hablar para no perturbar al otro ni recibir sus críticas, estás haciendo del silencio un adversario invisible.

Cuando comienzas a evadir lo que quisieras gritar con el alma, seleccionando cuidadosamente lo que se va a poner sobre la mesa, cuando cedes tus espacios comunicativos hasta perder tu identidad justo cuando tu pareja posterga lo que es indispensable decir, tú te sigues gritando por dentro esperando de nuevo el momento preciso.

Trabajando duro o durando en el trabajo


Crecer profesionalmente es parte del éxito de cada quien pero no es el único peldaño para alcanzar el éxito, un ser integral es aquel que sabe equilibrar su vida para que todo quepa, la familia e incluso el ocio son esenciales para el desarrollo humano y el bienestar de las personas.


Para que una empresa crezca y dé los mejores resultados, debe procurar que sus empleados permanezcan el tiempo justo cumpliendo sus labores, pero si las instituciones siguen aplaudiendo a los que se quedan en largas jornadas laborales hasta que los ojos irritados del cansancio no den más por las tantas horas frente al computador, y desalienten a los que cumplan un horario, a la larga tendrán dentro de su nómina gente frustrada o enfermos que piden reposos para alejarse de sus puestos de trabajo porque el cuerpo les exige descansar.

Detenerse para continuar


El ruido de la vida no nos permite detenernos, la exacta cotidianidad nos dice que así como todo transcurre está bien para ella: a la misma hora el despertarnos, el mismo tiempo perdido en el tráfico, las mismas reuniones, el idéntico trajín para regresar a casa; pareciera que a la autómata estabilidad no le gustara que le muevan nada de sitio en su diario vivir.
Pero cuando te detienes y te sales de ese entorno y lo miras desde afuera, te das cuenta que por mucho tiempo lo acogiste como tu zona de confort, te mentiste por una larga temporada y te dijiste a ti mismo que allí todo estaba bien, que justo así como los días transcurrían eran perfectos para ti.

Volvamos a casa



Cuando uno deja su felicidad en manos de otra persona, cuando ese malestar interno depende de lo externo, estamos alejados de nosotros y en presencia del abandono. Esperar a que alguien diga o haga algo para que por fin nos podamos sentir bien, para que nuevamente llegue la dicha a nuestras vidas, es tan desatinado, tan dramático y extenuante, ya que nuestro sentir interno camina constantemente en la cuerda floja del hacer de otro, así que le otorgamos a ese otro nuestro poder interno, y cuando esa persona sabe que nuestras alegrías y tristezas dependen de su accionar, entonces se empodera y toma las cuerdas para utilizar la marioneta de nuestros sentimientos a su antojo, y estamos contentos o desdichados, dependiendo de lo que alguien decida en determinados momentos, y conectarnos de nuevo con nosotros se vuelve casi imposible de lograr.

Ese esperar de afuera lo que fácilmente nos podemos dar desde adentro. Esperar a que alguien sonría para sonreír, esperar a que alguien se le pase una rabieta para poder sentirnos aliviados, esperar a que alguien se guarde el orgullo para continuar la relación tal cual como estaba antes de que el orgullo llegara, esperar el que nos tomen en cuenta para que la indiferencia no duela tanto, esperar a que los celos pasen para sentirnos nuevamente dignos de ser amados, y así vamos caminando, esperando de otros lo que no sabemos darnos.