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La tristeza en la maternidad


Tener un hijo, es sin duda uno de los momentos más felices para las mujeres que tomamos esta decisión ¿verdad?. En lo personal no puedo olvidar el primer contacto que tuve con mi bebé, conocerla, olerla, hablarle, besarla; momentos inolvidables, que si eres madre sé que me entiendes y tal vez hasta te hice recordarlos.

Pero, ¿qué pasa en la vida de algunas mujeres después del parto? ¿En verdad todo es alegría?. A continuación te contaré mi historia con el posparto, quizá te identifiques un poco con ella.

Cuando nació mi bebé, yo estaba realmente contenta, ya que después de haber tenido un parto complicado y muchas horas de espera, pude tener a mi bebé en brazos y  ella estaba por fin conmigo sana y hermosa; sin embargo, algo sucedió después del primer día, porque no sentía esa alegría que muchas mujeres que acaban de ser madres dicen sentir; por el contrario, me sentía triste ¿pero cómo es posible que sientas tristeza en un momento que tendría que ser de gozo y alegría? Pues sí, así me sentía.

Los lugares de mis tristezas



New York y la tristeza

La Gran Manzana… Nueva York….. ¿Quién puede estar triste visitando Nueva York?

Pero fue en ese último viaje que hice, con quien creía mi complemento, donde descubriría que la tristeza tiene matices que incluso se huelen y se esconden en algún rincón del Time Square o de la Quinta Avenida.
Sabemos que estamos tristes cuando la sonrisa duele, cuando reconoces que el día está gris o está “raro”. No, no es el día. No, no son las nubes, es esa intuición que a pesar que nos dice muy en el fondo que todo va a estar bien, le permitimos el protagonismo a esa fuerza que emerge y que nos invade por dentro. 

Sí, es ella, la tristeza. Que no pide permiso para acompañarte, solo llega para manifestarte que debes prestarle atención a ese pedacito de instante que estás viviendo, pero el desasosiego de no saber nos invade y preferimos deslumbrarnos con lo majestuoso del Empire State y huyes del silencio de donde estaban las torres gemelas porque allí, la tristeza hizo casa y la puedes sentir, por eso te vas.

¿Cómo se puede estar triste en Nueva York? Me lo he preguntado tantas veces. Pero en aquel viaje que hice con toda la ilusión de poner nuevos y mejores recuerdos a uno de los sitios que más me gusta, sería donde la frialdad del desamor, de la poca atención y de pronunciar un nombre que no era el mío, hicieron que la ciudad se hiciera gris, pegajosa, dolorosa.

Las mujeres de mi vida



Este post va dedicado a mi madre, mi hija, mis abuelas y bisabuelas, a mis tías, mis hermanas de sangre y de alma, a mi suegra, mis primas, sobrinas, cuñadas y amigas, a mis compañeras de trabajo y estudio, a todas aquellas mujeres que momentáneamente o por largo tiempo tocaron mi vida, a las que aún no llegan y a las que ya se han ido, a todas gracias, para algunas es un hasta siempre, para otras, quizás, un hasta nunca.


Quiero decirles que no pretendo repetir los errores del pasado, que como mujeres nos unieron anécdotas similares e historias comunes, con las que muchas veces llegamos a coincidir en las mismas culpas y tropezamos con piedras parecidas por el simple hecho de tener historias femeninas repetidas.

Voy a tener la valentía suficiente para cambiar el rumbo y hacerlo de manera diferente, renunciando a ese hilo ancestral que me une al pasado y rompiendo esa lealtad que me mantiene unida a los sistemas familiares, así que aquella que me antecedió y no concluyó algo o lo dejó irresuelto, no lo voy a tomar como mío para concluirlo en el presente o futuro o dejarlo como herencia a las mujeres que me sigan.

Sanando la relación con mi madre



Nuestra madre es el primer referente femenino que tenemos en nuestra vida, la hayamos o no conocido, hayamos tenido una buena o mala relación con ella, nos haya demostrado o no el amor, es una parte esencial de aquello que creemos. Estuvimos en su interior, sabemos perfectamente cómo suena su corazón, y aunque creemos que no lo sabemos o que ya lo olvidamos, todo lo que ella sintió durante el embarazo lo llevamos grabado en nuestro sentir y en nuestra forma de percibir la vida.

Reconocerla en nuestro interior es el primer paso para comenzar a sanar. Percibirnos a nosotras mismas siendo una proyección actualizada de la madre, o tal vez, comportándonos totalmente diferente a como ella lo hacía o lo hace es una forma inconsciente o consciente de identificarla para no repetirla, para no reiterarnos en el amor como ella lo hizo, pero no rechazándola, sino haciendo luz su presencia para no traer su herida de amor a cuestas.

La mujer que aprendió a querer



Cuando uno ha pasado por diferentes procesos en los que el sufrimiento ha estado involucrado, cuando te has sentido insuficiente en el amor y además has tenido que adaptar tu corazón a nuevas formas de amar, te das cuenta que en vez de amar de una mejor manera ocurre que cada vez amaste peor, con más inseguridad y repitiéndote en las mismas dinámicas relacionales, sabes entonces que el amor lo has manejado de manera incorrecta y ahora solo buscas aprender a querer mejor.

Comienzas a educarte en el amor y llega un momento en el que adquieres un significado distinto de la vida, de pronto te percibes a ti misma más consciente y comprensiva, ya no quieres reiterarte en las mismas conversaciones inconclusas ni ahogarte en las mismas heridas, ya no te apetece tener a cuestas los mismos sentimientos, así que empiezas a buscar a una nueva tú, a reinventarte y amar de otra manera.

Mi relación conmigo



Desde pequeñas nos enseñaron a relacionarnos, nos dijeron que debíamos ser buenas hijas, buenas hermanas, buenas nietas, buenas primas, buenas amigas, buenas compañeras; pero nadie le dio nombre a nuestra relación personal y mucho menos a que debíamos ser buenas con nosotras mismas, al parecer nos incitaban a socializar y nos cuestionaban cuando queríamos pasar nuestros días de puertas cerradas hacia la vida.
Recuerdo mi maravillosa infancia, la mayoría del tiempo vivía inmersa en mi propio mundo, mi madre dice que podía pasar horas y horas encerrada en mi habitación jugando con mis juguetes y que así tranquilamente se me podían ir los días, estaba en comunión conmigo y era feliz sin saberlo, el problema estaba cuando tenía que ir a compartir, por aquello de tener una familia numerosa (y cuando digo numerosa es porque te estoy contando que somos 51 primos hermanos solo por parte materna), por lo que el tema de socializar era recurrente, así que mientras crecía poco a poco me fui olvidando de esos espacios a solas y empecé a conjugar mi vida en plural rodeada de tantos, y así me fui olvidando de esa mágica relación que tenía conmigo.