Carta de despedida a una ciudad



Le debía esta carta de despedida a una ciudad que me dio albergue por más de cuatro años, hace ya varios meses que me fui de allí y aún no le había expresado mi más profundo agradecimiento, uno siempre se despide de personas pero casi nunca se percata que los lugares también reclaman nuestra despedida, sobre todo aquellos lugares que nos estuvieron esperando para vernos crecer y se enorgullecen al ver cómo nos vamos de allí con el alma engrandecida.


Es cierto que recalqué muchas veces un tiempo que creí vencido en esa ciudad, pero ahora que la veo a la distancia, quisiera caminarla de nuevo y escucharla en la cordialidad de su gente, recuerdo sus calles como quien recuerda una risa, añoro esa cotidianidad como quien añora el encuentro de aquello que quedó suspendido en el tiempo, pero con la esperanza de volver a encontrarse algún día.

Despedirse de una ciudad como quien se despide de alguien (tuitea la frase), “dicen que hay que escribir acerca de un lugar cuando uno ya se fue”, pero cuesta escribir de un lugar donde fuiste a encontrarte y te hallaste, y además en el que se te abrieron las puertas del crecimiento en todos los ámbitos y en todo momento.

¿Cómo se despide uno de una ciudad? ¿Cómo se le hace llegar una carta de despedida? ¿Será que alguien que vive allí podría entregársela? ¿Alguien le podría decir que la llevo en el corazón y en el alma? Cómo poder olvidar a una urbe tan verde y llena de flores, tan primaveral y con un clima siempre perfecto, cómo es que se te escapa de la memoria pequeños momentos en hermosos lugares con una rara sensación que alguna vez lo vivirás todo de nuevo, porque una ciudad que te regala aire fresco y calidad de vida en definitiva es difícil de olvidar.

Renegué infinidad de veces su lejanía con el mar, quise buscar un mapa y hasta moverla de sitio para que fuese absolutamente perfecta, pero terminé aceptando sus montañas, sus calles limpias, sus flores por doquier, incluso hasta ese regionalismo excesivo que caracteriza a sus habitantes, tomé prestado su acento en alguna de mis oraciones, adapté su amabilidad a mi personalidad y quise en algún momento llevar su gentilicio en mi sangre.

Muchas veces nos quedábamos solas y la miraba desde mi ventana, y como si ella me hablara en mi angustiosa soledad, comencé a escribir y a reflexionar lo que quizás me susurraba, comprendí entonces que fui hasta allí para hallarme, que por más de treinta años viví en mi ciudad natal, pero era preciso ir a esta ciudad a encontrarme, yo la contemplaba mientras me inspiraba y ella me daba a cambio esa brisa de montaña, ese verdor que no he visto en otra parte, esas fuertes lluvias que me invitaban a reconfortarme.

Si alguien va a visitarla díganle que la extraño, que jamás pensé que uno podía querer a una ciudad como se quiere a alguien, cuéntenle que aún la evoco y la tomo de referencia en mis conversaciones, que no he podido olvidarla ni pretendo hacerlo, fui ciudadana de sus avenidas y transité sus calles y ella me correspondió en todo momento, también me aceptó como yo la acepté con todas mis angustias y defectos, así que me enseñó a relajarme y a vivir la vida de otra manera.

Algún día planificaré un nuevo encuentro, tal vez para permanecer allí algunos días y rememorar mis comienzos de crecimiento interno o para quedarme a vivir la última etapa de mi evolución personal, porque fue en esa ciudad donde todo comenzó, fue allí donde emprendió mi escritura reflexiva, fue ese ambiente, ese clima que le dieron impulso a la mujer que soy hoy, y eso nunca se olvida.

Cuando eres de una ciudad grande y vertiginosa te cuesta entender a las ciudades pequeñas y de una cordialidad que llegas a tildar de empalagosa, pero si el mundo entero fuese así, si cada ciudad de este planeta llevara esa amabilidad como emblema, seguramente tuviésemos un mundo totalmente distinto, donde la gentileza sería un instinto y la cortesía una forma de expresar la vida.

Gracias por tanta nobleza y simpatía, gracias por el respeto, la amabilidad y la empatía, gracias por el refugio, gracias por la agonía, gracias por la abundancia y la carencia, por darme motivos para quedarme y por darme impulsos para volver, gracias por no rechazar mi nacionalidad y por hacerme saber que mis costumbres también cabían, que mi acento me distinguía y con el que siempre me expresaron que era un placer escuchar lo que decía. Pero la mejor forma de expresar la gratitud es tal como tú lo haces: Un Dios te pague Medellín por darme tanto, ojalá algún día te pueda retribuir lo que me diste, pero por ahora mi esperanza de retornar se aniquila, así que solo espero que en otra oportunidad llegue a escribir una continuidad de estas líneas y eso signifique el marcar con las palabras nuestro inevitable reencuentro.