Somos los lugares donde hemos estado




Somos los lugares donde hemos estado, y como ya lo he escrito antes, cada uno de esos lugares nos alberga, en cada lugar hemos dejado algo de nosotros y nos hemos traído de esos lugares las mejores huellas. Hemos andado tantos caminos, y muchas veces sin darnos cuenta, esos caminos se plasman en nosotros y pueden llegar a palparse en nuestra piel cada una de sus esencias.

Tomemos como punto de partida esos lugares de la infancia, esos espacios que muchas veces se encuentran bajo la perspectiva de un mundo feliz y ameno, ajeno a hechos y fechas específicos, donde se percibe una seguridad que tan sólo se siente cuando se es niño, momentos irrecuperables que forjaron el inicio de lo que es hoy nuestra personalidad y nuestra particularidad ante la vida que se nos presenta.

Si pudiéramos hacer un conteo de esos pueblos y ciudades donde hemos estado, podríamos ver lo que fuimos, las personas que nos rodearon, incidentes y accidentes geográficos que han generado toda una textualidad del viaje que ha configurado nuestra vida, todo lo que se ha convertido en un imaginario del recuerdo, de lo que fue y ya no es. Cada paisaje de nuestra historia, cada territorio ya visitado, cada lugar como reiteración de lo que ya fuimos, todo es parte de un itinerario de vida ya vivido, el camino andado, las huellas en la arena que el mar se ha llevado.

De estas y otras páginas de la vida resultan que esos lugares donde ya estuvimos, esos escenarios donde nos situamos y nos reconocimos, cada paraje que contemplamos cargados de contenidos sensoriales, han sido lugares que en muchos casos han significado para nosotros protección, consuelo y recogimiento, es decir, espacios que han contenido nuestro ser y que van más allá de la connotación del espacio como construcción o elemento palpable. Aunque también están esos espacios que no nos han identificado, donde hemos sentido que no pertenecemos, los que han llegado a significar un fuera de contexto, los que nos han hecho movernos y ubicarnos en lugares nuevos, tal vez alguno donde alguien nos espera o uno donde conseguiremos la soledad plena.

Vivir es un viaje que siempre nos va a mostrar el camino de retorno, el regreso hacia nosotros. Un gran viaje que contiene pequeños viajes: un nuevo trabajo, un nuevo hogar, nuevos proyectos, países que la vida nos da la oportunidad de visitar, lugares y trayectos que desembocan en el presente, este ahora donde se concentran todos los recuerdos más íntimos, un viaje hacia adentro, donde no hay retorno, en el que una vez que te encuentras, no te devuelves o no regresas siendo el mismo.

Recopilamos mudanzas, coleccionamos olvidos, acumulamos recuerdos, desentrañamos añoranzas, nos equilibramos con pequeñas felicidades que componen lugares donde hemos estado: un paisaje, un objeto, un semblante, una casa, son partes esenciales de lugares que nos han tenido. Las imágenes tenues y esfumadas de los rostros queridos, de los ambientes rememorados, de los lugares añorados, todos forman parte de nuestra emoción, y recordándolos volvemos al corazón de las cosas idas. 

Puede que esta lectura vaya más por los senderos de la evocación que por el transitar de la reflexión que es nuestra costumbre recorrer por estas líneas. Sin embargo, me detengo en la evocación porque consiste en una búsqueda constante de aquellos lugares donde nuestra alma se ha restablecido, donde hemos conocido el alivio, donde nos hemos impregnado de tristezas, pero también hemos sido inmensamente felices. Evocar es apelar a la nostalgia para construir la mirada y regresarnos a esos espacios que han sido importantes en nuestras vidas.

La vida no es estática, se llega o no se llega, se anda o no se anda, pero siempre se parte y siempre se regresa, ese lugar donde ahora usted se encuentra, es el espacio exacto donde la vida necesita que esté, allí está construyendo usted algo, allí se están derrumbando muros de desilusión, o se están forjando paredes de esperanzas, y muchas veces, apreciamos esos espacios cuando ya no estamos en ellos, pero cuando somos los protagonistas de las andanzas, casi ni nos damos cuenta que los caminos se hacen caminos porque hemos caminado nosotros primero por ellos, que somos parte de una historia donde primero se habita y luego se existe sobre ella.

La patria nos marca la piel aunque la veamos desde lejos, aunque no la estemos pisando, aunque no respiremos su aroma, siempre es nuestra tierra primera, el lugar del inicio, como una especie de vientre materno que nos contuvo, pero nunca nos detuvo a ser otros lugares donde hayamos estado, lugares que hayan perfilado el olvido del desterrado, la atadura a un lugar donde no se pretende volver. Nunca nadie se desarraiga de su gentilicio, siempre somos el lugar donde nacemos, aunque terminemos siendo el lugar donde morimos.