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En busca de mi crecimiento interno


Refinar y mejorarme como persona es un objetivo que lo llevo muy claro y en el cual he estado trabajando desde hace algún tiempo, el impulso por conseguir un estado de plenitud es una fuerte motivación para mí, la postura básica que tengo hacia la vida y mis prioridades se han volcado hacia un estado de realización interior cuya meta no tiene un límite establecido, al menos que ese tope signifique la libertad absoluta de mi alma.
Siempre estoy abierta a nuevas experiencias, tal vez esto sea porque necesito de constantes estímulos y actividades de índole mental en las que también se involucre la contemplación y por ende la creatividad. No me gusta verme inmersa dentro de las expectativas de los demás, y como me gusta improvisar, esto suele ser bastante decepcionante para los otros, además como mi espíritu no es para nada competitivo, no ando midiéndome con nadie ni entrando en las comparaciones, es por ello que cuando toca jugar, por lo general me retiro.

Eduquemos para el amor



Mi ámbito laboral se desarrolla dentro de un escenario universitario, y aunque no trabajo con estudiantes sino con docentes, y por aquello de que me he vuelto más observadora de actitudes y emociones, he podido captar en muchos jóvenes un desaliento latente, un obvio desánimo, una constante búsqueda de aprobación externa y poca aceptación interna; esto me lleva a cuestionar a los que tenemos la responsabilidad de educar en nuestras manos (padres y maestros) y plantearme con bastante preocupación ¿estamos educando para el amor o aún seguimos creyendo en la educación disciplinaria y poco afectiva?

Nos encontramos frente a un mundo totalmente diferente, pero no por ello necesariamente mejorado. Tenemos el privilegio de asistir al ocaso de una época donde lo excluyente ya no nos arropa, debemos entonces ser todos participes de una sociedad que incluya valores, creencias, principios, premisas, conceptos, enfoques.

Cambiemos el concepto de belleza



Todos tenemos una imagen mental de cómo creemos que somos, a la que comparamos constantemente con un prototipo de belleza establecido socialmente, creemos que el delgado o el rubio o el fornido son los que encajan perfectamente dentro de unos cánones o estereotipos que el consumismo se ha inventado para cada día ser más bellos.

Cuando busco el concepto de belleza en el diccionario ocurre que me muestra lo siguiente: "Cualidad de una persona, animal o cosa capaz de provocar en quien los contempla o los escucha un placer sensorial, intelectual o espiritual". Un concepto muy amplio ¿no es cierto?

Limitamos la belleza a lo que vemos, a lo que cada quien muestra físicamente, y descartamos la opción de lo subjetiva que ella es, cada cual tiene su idea de lo que es bello, agradable o admisible, gracias a esto, somos permanentemente juzgados por nuestra apariencia. Si mostramos una pobre imagen y un juicio absolutamente devaluado de nosotros, tendremos que enfrentarnos al juicio externo que merece nuestra propia persona.

Cuando nuestros padres envejecen



El año pasado mi madre vino a visitarme, tras una cirugía de muñeca, en la cual sufrió una severa fractura, se quedó unos días a mi lado para descansar y disfrutar unas merecidas vacaciones, pero ocurre que me encuentro frente a una mujer más apaciguada y menos enérgica, cuyo comportamiento no estaba acostumbrada a ver. Tal vez por el poco contacto cotidiano que mantengo ahora con ella, me sorprendo al estar junto a una persona que ha preferido detenerse ante la vida y adoptar la relajación como disfrute.

Nuestros padres cuando envejecen son seres que se nos transforman y nos regalan otro tipo de aprendizaje, los conocemos en una juventud incansable, donde nos dedican largas jornadas, dependemos de ellos para nuestro crecimiento y se convierten en un duro apoyo que nunca creemos se llegará a resquebrajar, es por ello que cuando nos paramos frente a frente ante una vulnerabilidad que creímos siempre sería fortaleza, nos aterramos, porque mientras más años cumplan, más cerca estamos de despedirlos, comenzamos entonces a pelear internamente entre el amor que les tenemos y el miedo que obtenemos al perderlos.