La mujer dependiente


¿Y si fuera ella? ¿Y si la mujer que toda la vida he estado esperando fue alguna vez una mujer dependiente?

Qué extraño parece mirarse ante un espejo tan potente como el suyo. La mujer que esperaba como agua de mayo es una mujer que no sabía estar sola. Una chica cualquiera en un mundo hostil para sí misma. Una señora de los pies a la cabeza que ha olvidado en el último cajón de la cómoda su dignidad.

La mujer que siempre soñé estaba aquí. Siempre la veía pasar, iba con los hombros caídos, la mirada llorosa, y siempre un grito le pendía de un hilo en esa voz que cantaba al amor por no llorarle.

Esa persona que amo, primero fue mujer necesitada de afecto. Quería que la quisiesen y, sin embargo, jamás la querían. Ella enamoraba, ella seducía. Sabía perfectamente las palabras adecuadas a la hora de que un hombre fijara su atención en ella. Siempre iba elegante. Usaba su vestido como arma de doble filo, igual vestía sus inseguridades de pomposos ademanes que desvestía su alma a los pies de los caballos.

La mujer culpable


Ella se despertó sobresaltada, con la sensación de que era tarde… “me he dormido, me he dormido”. Miró su móvil y vio que eran las 9.30. A las 9h tenía que estar en el trabajo.

Corriendo por la casa y maldiciendo en voz alta se vistió, se limpió la cara con una toallita desmaquillante y salió disparada hacia el tren, sintiendo su pecho agitado, su mente dispersa y sus piernas pesadas: “empiezo bien el día…” se decía.

Ya en el tren, comenzó a escribir un watsapp cuando su móvil se quedó sin batería; lanzó un soplido quejicoso al aire y al levantar la vista se encontró con la mirada de una mujer que había a unos tres metros de distancia, de pie. Aquella mujer sucia y harapienta la miró, y sonrió casi de manera maternal, y ella se sintió triste y pequeñita, avergonzándose por sus quejidos delante de aquella persona que probablemente no tenía nada y que aún así podía regalar una sonrisa sincera.

La mujer inmadura



La sociedad occidental está plagada de “yonquis del amor”. Es decir, mujeres y hombres que defienden un concepto muy particular de amor que no tiene nada ver con la idea de una relación libre, sana, consensuada y mutuamente respetuosa entre dos personas. Por el contrario, con la de un enredo agotador y tormentoso que perjudica tanto el bienestar emocional, como la salud y, a veces por desgracia, la integridad física.

Este amor, característico de la mujer inmadura, se define por la ilusión de lo eterno e imperecedero y está plagado de concepciones erróneas en torno al amor, vinculadas a ideas de posesión del otro y con la creación de vínculos disfuncionales, basados en la dependencia afectiva o emocional.

Una dependencia emocional que es definida como la necesidad que siente una persona sobre otra. Es decir, necesitar del otro para sentirse feliz.

Este es el caso de la mujer inmadura que no puede estar sola porque se deprime y su autoestima decae, siendo incapaz de disfrutar de la vida por sí misma, así que ha convertido su relación con el otro en su única necesidad, con la que cree que solo es capaz de sentirse bien en su presencia.

La mujer perdida



No es difícil reconocer a una mujer perdida, solo tienes que observar su postura, su cabeza, su mirada…. La mujer perdida lleva los hombros caídos y gafas de sol para que nadie pueda saber lo que está mirando. La mujer perdida te observa, no lo puede evitar. Mira todo lo que haces, como te mueves, escucha, analiza; no hay que tener miedo, no es ninguna espía, solo está buscando alguna pista para reconocerse.

Recuerdo haber conocido a alguna mujer así. Suelen estar en silencio o a lo mejor son muy escandalosas y tremendamente activas. Las primeras actúan por inercia, se dejan aconsejar y viven en la más profunda indolencia casi sin saberlo; las segundas cubren sus vacíos con compras, viajes y caprichos con tal de no pensar.

La última mujer perdida que vi posaba en un altar, su mirada estaba clavada en el suelo. El fotógrafo, atrapado por esa atrayente imagen, captó su rostro de inmediato, era demasiado impactante como para dejarlo escapar.