La mujer insegura



En sus inicios en las relaciones la mujer insegura aprendió que los hombres la apreciarían por su cuerpo bello, que se la valoraría y se la querría en función de su disponibilidad para tener relaciones sexuales, y que su validez como persona se medía por la cantidad de hombres a los que pudiera seducir.

Y era gratificante, pero definía su cuerpo como un bien de consumo, lo cual la obligaba a mantenerlo bajo estándares estrictos mediante dietas, deporte y tratamientos estéticos. También complicaba sus relaciones con otras mujeres, cargándolas de envidias, celos y rivalidades que dificultaban que estableciera relaciones de amistad.

Cada vez más sola, terminó en aquella desagradable relación de violencia. Al no poder contar con amistades reales en las que apoyarse para terminar con él, pasó mucho tiempo recibiendo maltrato físico y psicológico que la hizo sentir cada vez peor consigo misma y con su cuerpo antes de conseguir terminar la relación.

La mujer herida



Si me hubiesen preguntado hace algunos años qué entiendo yo por amar, seguramente no hubiera sabido qué responder. Hoy, mientras escribo estas líneas, acabo de darme cuenta de que todavía sigo siendo una mujer en busca de respuestas.

En cambio, no puedo decir lo mismo si hablamos del dolor, ya que, hace más de diecisiete años viví una experiencia que me enseñó gran parte de todo lo que sé, y tal vez también gran parte de lo que soy, a través de sentir un dolor mucho más profundo de lo que jamás había imaginado.

Cuando te sientes obligada a susurrar un “adiós” o, por momentos, un “hasta pronto” con el corazón roto en pedazos y teniendo delante el cuerpo inerte de una persona a la que has querido con todo tu ser, no te resulta sencillo volver a confiar. Tampoco lo es volver a sonreír.

La mujer desdichada

Una mañana al levantarme, sentí que la infelicidad se estaba apoderando de mí, al principio no le di mucha importancia, ya que pensé que cuando comenzase mi rutina, esa desdicha se desvanecería y volvería la felicidad y la alegría que me caracterizaban.

Fueron pasando las horas, y cada vez me sentía más y más desdichada, sin tener un motivo aparente, “o eso es lo que pensaba”.

Al llegar la noche me miré en el espejo y la imagen que me devolvió, era de alguien que yo no conocía, era como si fuese otra persona la que se reflejaba en él. Esa imagen me puso en alerta y me pregunté ¿por qué no tengo la sonrisa que siempre ha estado en mi cara? Sonrisa que iba acompañada de alegría y felicidad,  amor por mí, por quien soy, ¿por qué mis ojos no brillaban como lo hacían habitualmente?

Nosotras siempre seremos nosotras



Este post va dedicado a la mejor compañera de vida que he podido tener, desde el primer momento que escuché su corazoncito, hasta anoche, cuando se despidió de mi para irse a dormir con un abrazo, un beso y un te amo, su presencia, sus palabras, su olor y su esencia, llenan todos los recovecos de mi alma.

Si has coincido con alguna relación especial en tu vida podrás entender de qué te hablo, sabrás que las almas gemelas existen porque identificas a esa persona como alguien a quien ya conoces desde un tiempo que no es este tiempo.

Nosotras, es así como me refiero cada vez que publico una foto en redes sociales o cuando hablo de este dúo dinámico, fortalecido y grandioso en el que nos hemos convertido con el pasar de los años.

He leído sobre la rivalidad que existe entre madre e hija, incluso que dicha rivalidad podría fortalecerse en la adolescencia, pero ese no es nuestro caso. Ella llena tanto mi vida que a veces le tengo miedo a ese apego y a depender de su presencia. Pero la estoy guiando para que vuele, le estoy cosiendo unas lindas alas para que un día se vaya y surque otros cielos y abrace lejos de mí su propia vida.