La tristeza y sus visitas

Querida tristeza, voy a empezar dejando las cosas claras entre tú y yo. Quiero decirte que te amo porque eres mía y, algo mío no puedo sino que amarlo.

Para mi eres una de tantas emociones que he aceptado y aprendido a  sentir. 

Te confieso que  tú, en concreto, me confrontas con LA VERDAD y, para mi, buscadora incansable de la verdad, esto significa TODO.

Me haces sentir qué y quién es importante en mi vida y qué no: personas, emociones y experiencias.
Desde que desperté a otro nivel de conciencia y comencé en el desarrollo personal, primero “a full” en mi persona y en consecuencia,  profesionalmente hacia otros, he aprendido el papel determinante de las emociones y de la importancia de conocerlas, dejarlas sentir y captar el mensaje que nos traen. 




Nuestros encuentros


Mientras te escribo a ti, tristeza, estoy dejando que mi mente se vaya a nuestro primer encuentro y, la primera escena que me viene es cuando tras el verano, mis primas se marchaban para su ciudad y yo me sentía triste. 

Aquí comprendí que aparecías en la ausencia que algunas personas y momentos divertidos dejaban su huella en mi; esa añoranza de ruido, jolgorio y viveza en las calles. 

También me sentía triste cuando mi ciudad, una ciudad vacacional de la Costa del Sol en España, tras el verano se quedaba sin turistas, dejándonos las calles vacías. Sentía esa añoranza de ruido, jolgorio y viveza en las calles.  

Aquí comprendí que lo externo era causante de una alegría interna que se convertiría en tristeza interna cuando desaparecía. 

La siguiente causa de tristeza fueron los desamores, estos dramas vividos en la adolescencia fruto de inexperiencia, peleas y malos entendidos por desconocimiento del amor precisamente, de sus códigos, de mi amor propio y del amor ajeno.

Cuántas lágrimas derramadas por “relaciones de amor”.

Aquí me conectaste con mi amor propio, me cogiste de la mano y me llevaste hacia profundidades internas jamás imaginadas, jamás conocidas.

Cuando ya creía merecedora de mi medalla visualizando mi meta, más bajaba y bajaba encontrándome con patrones repetidos, con sombras escondidas, necesidades tan incorrectamente cubiertas…

Zancadillas que yo misma me daba espejándome  cuánto nos cuesta amarnos a todos. No nos enseñaron nuestros educadores, a ellos tampoco. Pareciera que la asignatura de amarse es un ejercicio auto didáctico. 

Causa tristeza, decepción, frustración y vergüenza el darse cuenta qué poquito nos permitimos darnos y con qué poquito nos conformamos.

Te asomas también cuando vivo enfermedades, dramas,  guerras sin sentido, hambre en el mundo, catástrofes repentinas, confrontándome con lo afortunada que soy y a la vez con lo insignificantes que podemos llegar a ser. 

Otro modo de visitarme es cuando no obtengo los resultados esperados; cuando patinaron mis expectativas de un proyecto  o de una persona; cuando un conocido deja este plano…. 

¡Realmente estas tan presente en mi vida!

No me había percatado antes de cuánto protagonismo tienes querida tristeza.

Aún estando en equilibrio mi vida, me he pillado añorándote porque me encanta el papel que juegas como intermediaria entre mi alma y mi identidad. 




Qué mensajes me traes


Tú me sientas en el coche, en el sofá, en mi cama o  en la playa y comienzas a hacerte presente, bañándome con tus lágrimas, liberando mi profundo dolor, incomodidad, enfado y energía que sobra,  mostrándome todo lo que chirría en mi vida; todo lo que ya no puedo aguantar; todo lo que no es como quiero creer; todo lo que me separa de mi felicidad; todo lo que ya, en lugar de sostenerme, me hunde.  

Quedo abatida cuando me visitas; vago por mis quehaceres rutinarios contigo dentro, y ansío el momento del día para acudir a esos espacios donde dedicarte mi energía y mi tiempo para abrazarte y comenzar a gestionarte. 

Acto seguido genero pensamientos alternativos que reorganicen mis conductas adaptándome a mi nueva realidad tras esos desencuentros, desengaños, perdidas, o fracasos. 

Desgarras todo mi Ser, poniendo en jaque mi identidad; intuyo tu sonrisa sabiendo que haces bien tu trabajo:). 

Entiendo que todo es perfecto, que todo esto que estoy sintiendo es para algo y, aún sin intención tuya de que te comprenda, te atreves a venir a mi casa y visitarme.  

Soy consciente y me doy permiso cuando me visitas, que voy a ir mucho más lenta, mucho menos sonriente, mucho más enfocada en atenderte como mereces para dejarte marchar cuanto antes. 




Qué mensajes te doy


¡Cuánto te amo tristeza porque me acercas a mi paz! 

Reconstruyes mi equilibrio interior. Me devuelves a mi centro. Me confrontas con mi verdad.

Te necesito tanto en mi vida para caminar completa como mis dos pies.  
No conocería la alegría, no sabría cuando no me quiero; no sabría qué es importante y qué no;  no me sentiría viva, plena, confiada, útil sin ti.

Eludirte, taparte, no sentirte sería engañarme negando mi Ser. 

Sentiría un gran vacío sin ese alguien que me cogiera de la mano y me ayudara a sanar cada una de mis etapas, de mis incomprensiones, de daños, de derrotas, de mis separaciones.

Gracias por conectarme con mi autenticidad haciendo que honre mi Ser y acepte que la vida está para sentirla.


Claudia González es la invitada número 17 de mi podcast El club de las mujeres imperfectas y con ella conversé sobre La sombra de la soledad, también es la invitada del episodio 50 donde ambas hablamos sobre 50 cosas que aprendí de las mujeres imperfectas.

La escogí a ella para este episodio especial porque se convirtió en una oyente asidua del podcast y me ha apoyado mucho en la difusión en redes sociales, y esto es algo que valoro muchísimo y se lo agradezco de esta manera.

Claudia es Coach certificada, especializada en acompañar a mujeres que se sienten perdidas, a reencontrarse con su poder  interior donde reside su grandeza, su autoestima, su confianza y su sentido del merecimiento. Autora del blog Caminando con Claudia.

Hoy Claudia nos compartió su historia con la tristeza ¿Cuál es tu historia? Te leo en los comentarios.

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