¿Qué pasaría si no tuviéramos miedo? Si no viviéramos limitados por la ansiedad, el estrés o la tristeza,
si fuésemos libres de pensamientos agobiantes, si la opinión de otro no fuese
determinante, y si no tuviéramos miedo de ser auténticos, literales, espontáneos,
decididos, capaces, valerosos, radicales, ¿qué
podría ocurrir?
Y
si fuésemos seguros de nosotros mismos, si tuviésemos la osadía suficiente para
actuar o decir lo que pensamos sin la necesidad de herir a nadie, si fuésemos
cautelosos con nuestras palabras para expresar asertivamente lo que nos
acongoja o lo que no nos parece, si tomáramos en cuenta nuestras emociones, ¿y si no habría nada que esconder? Se imaginan
que grandioso sería, tal vez ya no tendríamos que ser ni temerosos ni
temerarios, ni víctimas ni victimarios.
Qué
lástima el haber utilizado verbos dubitativos para estos dos primeros párrafos.
Que certera será la vida cuando estemos conscientes que el miedo nos agrede
energéticamente, que la impaciencia, la timidez, la crítica, la envidia, la
rabia o los celos, son nuestros miedos manifestándose, enfrentándonos y
confrontándonos, llevándonos de la mano hacia algún lugar que amerite el
aprendizaje.


