Mujeres que aprendieron a querer


La mujer conflictiva de Carolina Chan
La mujer conflictiva caminaba con paso firme esquivando transeúntes, llegaba tarde a su primera sesión de Yin yoga. “Claro, si la inepta de su secretaria hubiera hecho las cosas como se las pidió en un principio, habría llegado con tiempo de sobra. No, la culpa era suya porque no sabía explicar las cosas. Si es que eres tonta, no sirves ni para mandar, desastre de mujer”,  tan enfurecida y ensimismada en sus pensamientos iba, que el chocar con otra persona la sacó de golpe de su mundo.

La mujer desdichada de Mariví Porras 
Una mañana al levantarme, sentí que la infelicidad se estaba apoderando de mí, al principio no le di mucha importancia, ya que pensé que cuando comenzase mi rutina, esa desdicha se desvanecería y volvería la felicidad y la alegría que me caracterizaban. Fueron pasando las horas, y cada vez me sentía más y más desdichada, sin tener un motivo aparente, “o eso es lo que pensaba”.

La mujer herida de Alicia González 
Si me hubiesen preguntado hace algunos años qué entiendo yo por amar, seguramente no hubiera sabido qué responder. Hoy, mientras escribo estas líneas, acabo de darme cuenta de que todavía sigo siendo una mujer en busca de respuestas. En cambio, no puedo decir lo mismo si hablamos del dolor, ya que, hace más de diecisiete años viví una experiencia que me enseñó gran parte de todo lo que sé, y tal vez también gran parte de lo que soy, a través de sentir un dolor mucho más profundo de lo que jamás había imaginado.

La mujer insegura de Aurora Fernández
En sus inicios en las relaciones la mujer insegura aprendió que los hombres la apreciarían por su cuerpo bello, que se la valoraría y se la querría en función de su disponibilidad para tener relaciones sexuales, y que su validez como persona se medía por la cantidad de hombres a los que pudiera seducir. Y era gratificante, pero definía su cuerpo como un bien de consumo, lo cual la obligaba a mantenerlo bajo estándares estrictos mediante dietas, deporte y tratamientos estéticos.
La mujer perdida de Susana F. Ameijeiras
No es difícil reconocer a una mujer perdida, solo tienes que observar su postura, su cabeza, su mirada…. La mujer perdida lleva los hombros caídos y gafas de sol para que nadie pueda saber lo que está mirando. La mujer perdida te observa, no lo puede evitar. Mira todo lo que haces, como te mueves, escucha, analiza; no hay que tener miedo, no es ninguna espía, solo está buscando alguna pista para reconocerse.

La mujer inmadura de Cristina García
La sociedad occidental está plagada de “yonquis del amor”. Es decir, mujeres y hombres que defienden un concepto muy particular de amor que no tiene nada ver con la idea de una relación libre, sana, consensuada y mutuamente respetuosa entre dos personas. Por el contrario, con la de un enredo agotador y tormentoso que perjudica tanto el bienestar emocional, como la salud y, a veces por desgracia, la integridad física.
La mujer culpable de Nadia Moreno 
Ella se despertó sobresaltada, con la sensación de que era tarde… “me he dormido, me he dormido”. Miró su móvil y vio que eran las 9.30. A las 9h tenía que estar en el trabajo. Corriendo por la casa y maldiciendo en voz alta se vistió, se limpió la cara con una toallita desmaquillante y salió disparada hacia el tren, sintiendo su pecho agitado, su mente dispersa y sus piernas pesadas: “empiezo bien el día…” se decía.
La mujer dependiente de Meri Camats
¿Y si fuera ella? ¿Y si la mujer que toda la vida he estado esperando fue alguna vez una mujer dependiente? Qué extraño parece mirarse ante un espejo tan potente como el suyo. La mujer que esperaba como agua de mayo es una mujer que no sabía estar sola. Una chica cualquiera en un mundo hostil para sí misma. Una señora de los pies a la cabeza que ha olvidado en el último cajón de la cómoda su dignidad.
La mujer controladora de María López-Agra 
Cada día de su vida, al despertar, la mujer controladora daba gracias por el poder que se le había otorgado, aunque ella, que durante un tiempo había sido capaz de engañar a tanta gente, no se engañaría jamás a sí misma. Bien sabía el precio que había pagado por él. Se despertó a la hora en punto, la misma en verano y en invierno, esperando encontrar sus cosas en un orden estricto y perfecto. Sus cosas, su orden. Amanecía en una casa sin gente, pero no vacía, sino llena de rutinas. El orgullo era su bandera; el control, su escudo.

La mujer sumisa de Elena Djiggir
En esta tarde bella de la primavera ya casi no queda ni una huella de la herida que habitaba en su interior. Parece que algo mágico le ha ayudado a transformarse por dentro, aunque quedan algunas memorias guardadas muy profundas en su interior. Son como las cicatrices que nunca desaparecen y dejan una marca en tu corazón. Hoy me encantaría compartir contigo una historia de la mujer sumisa que aprendió a amarse que te puede servir de inspiración o también como un aprendizaje.