La esquina rota de un corazón entero



A todos nos han roto el corazón y todos hemos llegado a dejar estropeado un corazón ajeno, pero vamos caminando por la vida como si el sufrimiento fuese exclusivamente nuestro, cuando padecemos la desidia del despecho creemos que nunca nadie se ha llegado a sentir en el estado vegetativo en el que quedamos absortos, casi atónitos por el desprecio, abrumados y vestidos de víctimas le contamos a todos que llevamos dentro un corazón partido en mil pedazos, que sigue latiendo, pero desde la fragmentación en la que lograron vivir algunos retazos sangrantes de un amor delirante, solitario y ardiendo.

Creo que dramaticé un poco, pero es así como nos paramos frente al mundo cuando alguien nos ha dejado, desangrados porque quien nos prometió un para siempre solo se quedó unos cuantos días, como si la permanencia fuese un contrato firmado sin derecho a anulación. Conocemos a la persona "ideal", y como hubo conexión momentánea, juramos que se eternizará el amor desbordado y ya nunca nadie podrá separarnos. 

Esos cuentos de hada que terminan justo cuando la historia en pareja apenas comienza, nos han arrebatado de las manos el sueño del amor propio, idealizamos el convivir con el famoso “vivieron felices por siempre”, pero cuando nos damos cuenta que nos es cierto, buscamos entonces amores a medias porque el amor completo interno se encuentra escondido tras los arbustos de la aprobación externa.

No estoy a favor de ese amor pasajero que sienten algunos sin la capacidad de asumir un compromiso a dúo, pero tampoco apruebo el abandono propio solo porque alguien decidió tomar otro rumbo, implantamos un antes y un después que marca nuestras vidas para siempre sin la suficiente autoestima para retomarlo todo, es inadmisible la devaluación que nos hacemos solo porque quien estaba ya se ha ido, así que justificamos el corazón partido, incluso asumimos una actitud cómoda y absurda y la establecemos como medida para las próximas relaciones que tengamos en la vida.

Una vez “partido” el corazón le colocamos la respectiva etiqueta, sin darnos cuenta que las relaciones externas son una perfecta proyección de la relación que tenemos con nosotros mismos, aquello que me digo bajito y no me atrevo a escuchar hago que alguien me lo diga, lo que soy y no me animo a ser, probablemente se lo critique a muchos, así que estoy enojado con los demás porque estoy viendo en ellos algo que yo no hice conmigo. Con esta premisa nos vamos en busca de la relación perfecta, pero con la acotación permanente de mantener un corazón destrozado, corroído por el tiempo, desgastado de abismos.

Sucede que en una relación perfecta uno no es responsable del otro, no se toma nada del otro, no se siente la necesidad de que el otro nos cuide, no pretendemos echarle encima la culpa de nuestros problemas e inseguridades; por supuesto que con un corazón resquebrajado no es posible aspirar a tanto, lo más probable es que le demos continuidad a una relación con miedo, esa donde amamos cuando el otro nos permite que lo controlemos o cuando se ajusta a la imagen que hemos creado del él, y al final, nos damos cuenta que ese otro nunca será como esa imagen, comienza entonces el declive relacional con juicio y culpabilidad, nos terminamos frustrando porque el otro no es lo que queremos que sea, así que de nuevo el corazón se parte y lo asumimos como un hecho certero de una amarga predicción.

Cuando realmente ocurre la “degeneración muscular cardiaca masiva” no sobrevivimos siquiera para contarlo, pero nuestra presuntuosa emocionalidad herida asegura que el corazón vive rasgado, aniquilado porque se cree incapaz de volver amar, como si el amor se agotara solo porque alguien se fuera, como si el amor a la vida y a los sueños no valiera la pena, como si la auto condena fuese un castigo que le dedicamos a quien se fue solo porque se dispuso a volver a amar en otros espacios.

El corazón no se parte señores, nuestro temporal resentimiento amoroso así lo cree, nuestro desengaño nos mal informa que el amor se ha transformado en odio, creando en nuestras mentes una falsa relación de lo que pudo haber sido, sin atrevernos a ponerle fin a lo que ya fue, y lamentablemente cuando la separación no se admite, el quedarse atascado con un “corazón partido” es una salida fácil para no caer en cuenta que el desamor irrecuperable del otro nos muestra el desamor propio a la mano.

Las paredes de nuestro corazón aún intactas y pulsando nos indican que la vida sigue transcurriendo, puede que sea solo una esquina la que siga padeciendo, pero no por ello nos entregaremos al dolor perpetuo, es válido morir un rato de tristeza, pero también es pertinente salir a flote y saber que la vida nos espera con un corazón entero dispuesto a seguir amando, latiendo aunque esté sufriendo, vibrando y amaneciendo, tal vez en otros brazos que nos terminan dando el verdadero amor eterno.