Cuando buscamos aprobación



Si usted permite sentirse bien cuando la gente le dice que está bien, se está preparando para sentirse mal cuando le digan que no está bien. Eso de ser animado siempre, ser el centro de atención o forzar a que las personas nos amen, es un trabajo muy difícil ¿no creen? Eso de que constantemente debemos estar entreteniendo o siendo dulces y adorables, eso de complacer el afuera para que nos aprueben, definitivamente es muy agotador, ¿acaso no puedes un día simplemente ser tú, con mal genio o con ganas de no ser tan sociable? pero ocurre que al perder el carisma, al menos por un día, podríamos perder la aprobación de otros por el resto de los días.

Hace algún tiempo leí que hay tres tipos de egoísmos: "cuando me doy gusto de darme gusto, cuando me doy el gusto de agradar a los demás y cuando uno hace algo bueno para no sentirse mal". Este último parece ser el peor de todos, y tal vez al perderlo, perdemos también el control de la vida que tenemos tan precariamente armada.

Tener ganas de liberar la necesidad de estar en lo correcto, de tener la razón todo el tiempo u otorgar la razón aunque no la tengan, de justificarnos o explicarnos para que otros se sientan satisfechos con nuestra presencia, es un paso necesario para la grandeza, es importante dejar de ver a los demás como errados, ya que los otros entienden la vida de acuerdo a sus vivencias y nosotros tenemos las nuestras.

Piense en esas personas a las que le gustaría cambiaran, esas que siempre encuentra de mal humor, desconsideradas, poco fiables, impositivas, o lo que sea. Cuando usted sea diferente, ellas serán diferentes, y lo mejor de todo, usted las verá de manera diferente. De pronto nadie tendrá el poder de herirlo, porque una vez que se comprende que el sentimiento negativo está en nosotros, no en la persona que no nos agrada, no en la expectativa que le formulamos a esa persona con la pretensión de que cambie de acuerdo a nuestras posibilidades, comenzaremos entonces a ver el mundo de otra manera y sin convertirnos en esos odiosos exigentes que solicitan de otros una contribución perenne a su felicidad.

Cambiar a los demás para sentirnos mejor, es como mirarnos al espejo con la cara sucia y pretender limpiar el espejo. Recibimos una impresión y nos aferramos a ella, y miramos a las personas a través de esa impresión, y nos criticamos a nosotros mismos cuando estamos con otras gentes, solemos compararnos o desacreditarnos a partir de esa impresión que hemos creado, de esa referencia que otros nos han dado.

Quisiera que llegara el día en el que ya no sienta la necesidad de impresionar a nadie, el día en que ya no tema que alguien me lastime o yo no le agrade. Que aliviada me sentiré el día en que ya no tenga la necesidad de explicar las cosas o de presentar excusas. El día que sepa que nunca fui rechazada por nadie, los demás solo rechazaron lo que creían de mí. Todas las personas crean imágenes de lo que creen que somos y las rechazan o las aceptan. Si así como simple lo leemos, simple lo comprendiéramos, el mundo sería muy distinto.

Si alguien nos alaba, en vez de agradarnos, nos presionamos ante esa opinión, nos vemos obligados a cumplir con las expectativas de otros y a mantenerlo para que la imagen perdure. Muchas veces lo que le dejamos ver a los demás sobre nosotros, viene cimentado de la opinión externa y no de la aprobación interna.

Cuando nos encontramos con alguien a quien no veíamos desde hace mucho tiempo, suponemos que todavía es la persona interesante que creíamos que era, que responde a la idea que tenemos de ella, intacta al recuerdo y a las asociaciones. De la misma forma, muchas personas nos siguen percibiendo desde lo que alguna vez fuimos y aún creen que somos. Todos nos ven desde sus gustos y sus antipatías y sus preferencias y sus atracciones, siendo todas ellas interferencias desde donde otros nos definen.

Esa rara sensación de que algo hicimos mal cuando alguien no nos mira de la mejor manera o tal vez no se encuentra en sus mejores días para ser lo que esperamos que sea, nuestras emociones, condicionamientos, gustos o aversiones interfieren siempre con lo que el otro siente en relación a nosotros, si creemos que algo anda mal, nuestra inseguridad se activa y terminamos siendo ansiosos y necesitando a los demás para que nos acepten, nos aprueben, nos aprecien, nos aplaudan.

Tenemos la creencia de hacernos permanentemente atractivos para ganarnos a las personas, si estamos apegados al aprecio y a la alabanza, veremos a esas personas en función a lo que ellas constituyan: una amenaza o un estímulo, según como queramos vernos satisfechos ante ellos.

Al parecer, esas personas que consiguen grandes cantidades de aprobación, son precisamente las que no la andan buscando, no son esos que exigen que otros los hagan felices, son solo personas que no sufren de apego ni ansiedad ni posesividad, no buscan la felicidad porque viven con ella.

¿Se han dado cuenta que otros tienen el poder de hacernos felices o desgraciados? Una vez que llamamos la atención, pero no nos la otorgan, o no simpatizan con nosotros, sentimos un aislamiento tan intolerable, buscamos desesperadamente apoyo, ánimo y seguridad, implicando una tensión inacabable en nuestras relaciones, sin esperanzas de relajarnos, ya que cumplir con los intereses sociales se nos ha vuelto primordial.

Hemos perdido la capacidad de ver a los demás exactamente como son y de responderles adecuadamente, porque la percepción que tenemos de ellos está distorsionada por la necesidad de obtener aprobación. Es muy duro vivir con alguien que es insatisfecha consigo misma, la persona que no se ama, nunca tendrá la certeza de que la están amando, y buscará por todos los medios llamar la atención para ser aprobada.

Ojalá llegue pronto el día en que nos neguemos a necesitar a una persona particular o a ser especiales para alguien o a sentir que alguien nos pertenece. Amar a las personas significa morir a la necesidad de personas y a saber estar completamente solos sin que la soledad nos pese tanto.