Volvamos a casa



Cuando uno deja su felicidad en manos de otra persona, cuando ese malestar interno depende de lo externo, estamos alejados de nosotros y en presencia del abandono. Esperar a que alguien diga o haga algo para que por fin nos podamos sentir bien, para que nuevamente llegue la dicha a nuestras vidas, es tan desatinado, tan dramático y extenuante, ya que nuestro sentir interno camina constantemente en la cuerda floja del hacer de otro, así que le otorgamos a ese otro nuestro poder interno, y cuando esa persona sabe que nuestras alegrías y tristezas dependen de su accionar, entonces se empodera y toma las cuerdas para utilizar la marioneta de nuestros sentimientos a su antojo, y estamos contentos o desdichados, dependiendo de lo que alguien decida en determinados momentos, y conectarnos de nuevo con nosotros se vuelve casi imposible de lograr.

Ese esperar de afuera lo que fácilmente nos podemos dar desde adentro. Esperar a que alguien sonría para sonreír, esperar a que alguien se le pase una rabieta para poder sentirnos aliviados, esperar a que alguien se guarde el orgullo para continuar la relación tal cual como estaba antes de que el orgullo llegara, esperar el que nos tomen en cuenta para que la indiferencia no duela tanto, esperar a que los celos pasen para sentirnos nuevamente dignos de ser amados, y así vamos caminando, esperando de otros lo que no sabemos darnos.

Recuerdo mi maravillosa infancia, siempre metida en mi mundo, absorta en mis fantasías, sin que nadie perturbara mis placeres, nada me hacía más feliz que estar conmigo misma, estaba en casa, yo era mi mejor morada, es que todo espacio realmente habitado lleva como esencia la noción de casa. ¿En qué momento me alejé del hogar y salí a buscar la felicidad donde no estaba? Cuando comencé a buscar la aprobación de los demás, cuando la opinión de otros importaba más que la propia, cuando dejé de abrazarme esperando a que alguien me abrazara.

Fuimos primero una guarida del mundo entendida como el lugar del inicio, como un pequeño espacio que debió convertirse en destino, una suerte de itinerario espiritual que ha debido ser más un mirar lo de adentro que lo de afuera, es decir, protección, consuelo y recogimiento como todo un imaginario de la intimidad; pero llegan las malas experiencias y van entrando poco a poco a nuestras vidas, entonces cambiamos la concepción de inocencia y de amor propio y comenzamos a creer que no merecemos el amor y dejamos de amarnos a nosotros como consecuencia de procesos emocionales que no supimos limpiar a tiempo y darle un espacio oportuno dentro del aprendizaje de vida.

Nuestra casa interna se quedó en un pasado que sólo sirve para ser nombrado, evocado y luego disipado. Salimos de ella para irnos a tocar las puertas de otras casas donde tampoco nadie habita, sin terminar de comprender que nos encerramos hacia afuera y nos liberamos hacia adentro.

Queremos constantemente cambiar lo externo para que lo interno pueda volver a ser feliz, pero lamentablemente nunca funciona, porque el afuera es sólo un espejo de lo que adentro somos, de aquellas cosas que huimos, que nos molesta de otros porque también nos molesta de nosotros, pero es más fácil verlo de quien nos rodea que buscarlo adentro, escudriñar dónde se encuentra, cuándo no tuvimos el valor de enfrentarlo y procesarlo, y saber que está afuera, proyectando lo que está adentro. 

Es momento de darnos cuenta dónde nos hemos estado aferrando, dónde hemos estado tomando las opciones más elevadas del amor, dónde estamos apegados, dónde no hemos soltado, a quién estamos reteniendo en nuestro interior, en qué lugares nuestras mentes y corazones aún siguen viviendo. Soltar a aquellas personas que no podemos perdonar, o a personas cuya aprobación necesitamos, o a personas a las que necesitamos dominar, así que es preciso dejarlas ir y reencontrarnos.

Pero ocurre que en un mundo tan tecnológico, tan conectado y comunicado, es impensable que pase un día sin que lo externo llegue por cantidades industriales, pero disponernos a tener un pequeño espacio de soledad no es permitido dentro de tanta interactividad, un reflexionar hasta parece pasado de moda, inmersos en un mundo de redes sociales, donde la inmediatez juega un papel determinante en este proceso de relacionarnos que hemos establecido como requisito principal para ser aceptados dentro de lo vigilante que se ha convertido la vida. 

Gracias a estas informaciones que salen y entran sin medidas, llegan y se van con la misma intensidad con la que se desbordan sobre nuestras vidas, es que vincularnos se ha vuelto más utópico que real, la empatía termina dándose a partir de lo muy al descubierto que han quedado nuestras vivencias ante la mirada de otros, así que nos hemos convertido sólo en apariencias y emociones escondidas tras cortinas de engañosas alegrías.

Regresar hacia adentro consiste en una limpieza emocional, en un sanar, en hacer nuevas elecciones, en tomar decisiones acertadas que no impliquen el cambio de otros, sino un cambio interno que irá reflejando lo que ahora somos, parece mentira, pero si lo interno cambia, el espejo de la vida cambia de inmediato, los que nos rodean comienzan a acoplarse a ese nuevo sentir que vamos construyendo, así que el volver a casa se vuelve tan reconfortante, que preferimos quedarnos en nosotros, en vez de esculcar en lo ajeno.

¿Dónde se toma el autobús para regresar a nosotros? Podemos empezar por detenernos y situarnos en la parada del observarnos, permanecer en un necesario silencio, para que él nos cuente lo que nos hemos ido callando. Podemos optar por tener mejores pensamientos. Esas conversaciones internas que llevan mucho tiempo en nosotros murmurando cosas negativas, se instalan en nuestros pensamientos repitiendo frases que constantemente nos lastiman, pensamientos negativos basados en otros pensamientos negativos, nos mantienen en zozobra, nos agobian y perturban. 

Cuando nos tomamos el tiempo para estar atentos e introspectivos, debemos adoptar una actitud curiosa, abierta, aceptando todo lo que nos rodea y nos pasa como parte del aprendizaje de vida, podemos entonces pensar en lo que queremos cuestionar en nosotros mismos y cómo queremos diferenciar las influencias externas de las internas, con esta capacidad emocional le damos sentido a nuestra vida y tenemos el poder de elegir la dirección de nuestras experiencias, y aún más importante, tenemos la capacidad de elegir si queremos ser víctimas de nuestra crítica interna, con relación al comportamiento externo, o ser un apoyo interno a partir de lo que el afuera traiga para nuestras vidas.

Volvamos a casa, regresemos a nosotros, tomemos en cuenta cada sentir como propio y no responsabilicemos a los demás por lo que nos estamos permitiendo. Si usted cree que ese otro le quita la energía, pues usted mismo se la está quitando con el pensamiento que mantenga del otro. Todos están afuera para hacernos comprender que el adentro necesita un arduo trabajo de amor, de sabernos a salvo cuando nos refugiamos en emociones más sanas, en comprensiones más fuertes.