Comprendamos la muerte


Quiero comenzar esta lectura con un pequeño ejercicio, piense en una persona querida que se encuentra fuera de su ciudad o del país… ¿La ama? Ahora, piense en una persona que ha muerto… ¿La ama? Realmente no amamos el cuerpo, amamos la esencia, el cuerpo sólo materializa el afecto, el tocar o el abrazar son partes del amor, pero no son el amor.

En una lectura reciente les comenté que estamos dentro de una cultura que no nos enseña a morir, lo único que sabemos de la muerte es que debemos temerle y que nos arrebata de los brazos a nuestros seres amados, como si esto de vivir fuese algo inacabable, como si nosotros no fuésemos a dar también ese paso crucial de trascender lo físico y volar con nuestros espíritus a otro plano distinto.

Hace poco escuché el testimonio de una mujer que tras la vivencia de una enfermedad terminal, y haciendo los médicos un gran esfuerzo para que no ocurriera la muerte, ella sin darse cuenta, muere, y cuenta que su experiencia de la muerte fue tan gratificante, el sentimiento de paz que experimentó fue tan pleno, describe no haber preocupaciones en aquel momento, ni siquiera el haber dejado a dos niños y un esposo en este plano terrenal, sólo aseguraba haber sido indescriptible eso de morir. Reveló en esa confesión tres preguntas que le hicieron en esta especie de juicio, las cuales les traigo y les plasmo a continuación:

  • ¿Has conseguido lo que has querido de la vida?
  • ¿Pudiste haber hecho más por los demás?
  • ¿Has perdonado de corazón?

Ella cuenta que en ese momento se está con el alma desnuda, que sabes todo de ti, hasta tus más profundos secretos y silencios, que no es posible esconder nada, y terminas dándote cuenta que llevas basura escondida en el alma que no puedes ocultar. Lo más probable es que mis palabras escritas no conmuevan tanto como sus palabras habladas, pero mi intención apunta a comprender de la muerte lo incomprensible que se nos torna cuando un ser amado se nos va y el dolor nos arropa.

No nos damos cuenta que las personas mueren hasta que un ser amado muere, el dolor es tan intenso que llorar se convierte en el mayor alivio para sosegar la rabia, el desconsuelo, la poca resignación. Quiero que comprenda que todos tenemos un proceso de evolución distinto, y quien partió, o ya cumplió con la tarea o puede que una enfermedad o un sufrimiento lo haya hecho evolucionar con premura. Quien se fue ya se fue, y si lo(a) ama, tal como se lo hice rememorar al principio, debe dejarlo ir.

El desprendimiento es un gran acto de amor, el desapego es una de las grandes tareas que muy pocos llevamos a cabo, y quien se fue, nos la enseña de la mejor manera, sólo se nos adelantó como lo dijo el gran Facundo Cabral, y nosotros nos quedamos acá, aprendiendo con tareas nuevas. 

Cuando alguien se va y lo retenemos con llantos y suplicas que no nos abandone, se le dificulta el irse. El proceso natural es sentir la muerte como se los describí en el testimonio de esta mujer que nos hizo verla como placentera, pero cuando hay un apego físico, la famosa luz del túnel se apaga y el espíritu queda en tinieblas ¿Le gustaría saber que la persona que usted tanto ama se encuentra en una terrible oscuridad y necesita energía porque la luz se le apagó y no puede alimentarse de ella y no le queda de otra que estar a su lado robando su energía?

Lo natural es que trascendamos lo físico y vayamos camino a la luz, que recojamos nuestras energías y evolucionemos en otro plano y podamos acompañar a los que amamos desde la distancia, pero con un espíritu en evolución, y si estamos atados a los vivos robamos de ellos su energía, pero no la positiva, la positiva se encuentra en la luz que se apagó, se roba la energía negativa, esa que viene de la tristeza, de la rabia, del rencor, de la angustia. Por ello es importante hacer el duelo, es importante perdonar a quien se fue y dejarlo ir.

Estoy más que segura que nos reencontraremos en otro plano y en otro momento, que estamos de paso y estamos aprendiendo, pero es esencial comprender que en este justo momento podemos estar reteniendo a alguien que ya cumplió su estadía terrenal.

Mi escrito de hoy viene de este seminario donde les he contado estoy participando, en el que las experiencias de muerte o desencarnar vienen sustentadas de hipnosis clínicas hechas a cientos de pacientes, los cuales aseguran haber visto la luz, siendo su guía espiritual el que los acompaña, y muchos se enteran al momento de morir que Dios es una fuente de energía de luz, amor y paz.

Atamos a nuestros seres ya idos con nuestras tristezas perenes, con las preocupaciones, con la desolación, y si el vinculo de amor es muy grande, ellos prefieren las tinieblas con tal de permanecer a nuestro lado, pero alimentándose de nuestra energía negativa, pero cuando nos reconfortamos y salimos a flote, limpiamos el alma y perdonamos, ellos se ven en la obligación de irse, así que se les enciende de nuevo la luz y logran partir al fin a aquel reconfortante lugar que nosotros llamamos muerte.

Las preguntas que coloqué al principio me parecen trascendentales y es importante que las tome en cuenta, ya que cuando guardamos agravios y acumulamos ofensas, solemos ir por la vida con una maleta llena de aversiones autoimpuestas, así que esas angustias, esas dolencias, esas amarguras, se van con nosotros al otro lado, donde tendremos que desnudar nuestra alma y prepararnos para ser juzgados. El cuerpo solo es una vestimenta, la rabia y el rencor se van con nosotros a donde quiera que vayamos, sea esta la vida, sea esta la muerte.

Comprendamos que la muerte es parte de la vida, que somos almas viajeras, que el reencuentro es inminente, pero para que ocurra, debemos despedirnos momentáneamente, despojarnos del apego físico y sabernos espíritus, almas aprendiendo dentro de un cuerpo, vivencias que nos llevamos, andares por donde algunas veces fuimos camino, y otras veces fuimos la piedra.