Nosotras siempre seremos nosotras



Este post va dedicado a la mejor compañera de vida que he podido tener, desde el primer momento que escuché su corazoncito, hasta anoche, cuando se despidió de mi para irse a dormir con un abrazo, un beso y un te amo, su presencia, sus palabras, su olor y su esencia, llenan todos los recovecos de mi alma.

Si has coincido con alguna relación especial en tu vida podrás entender de qué te hablo, sabrás que las almas gemelas existen porque identificas a esa persona como alguien a quien ya conoces desde un tiempo que no es este tiempo.

Nosotras, es así como me refiero cada vez que publico una foto en redes sociales o cuando hablo de este dúo dinámico, fortalecido y grandioso en el que nos hemos convertido con el pasar de los años.

He leído sobre la rivalidad que existe entre madre e hija, incluso que dicha rivalidad podría fortalecerse en la adolescencia, pero ese no es nuestro caso. Ella llena tanto mi vida que a veces le tengo miedo a ese apego y a depender de su presencia. Pero la estoy guiando para que vuele, le estoy cosiendo unas lindas alas para que un día se vaya y surque otros cielos y abrace lejos de mí su propia vida.

Nuestras largas conversaciones, a veces tan triviales otras muy filosóficas, a veces tan complejas otras veces espirituales, a veces de sus cosas otras veces de las mías, o simplemente haciendo un reconfortante silencio una al lado de la otra.

Me hubiese gustado saber a los catorce años todo lo que ella sabe ahora, ojalá hubiera tenido sus intereses y preferencias, me encanta su forma tan linda de pronunciar el inglés, su obsesión por Star Wars, su manía de ir a la biblioteca y salir de allí con una decena de libros por leer, sus ganas de aprender sobre teorías, esa manera de ser tan desenfadada sin buscar aprobación, sin necesitar de nadie más que no sea de ella.

Es impresionante todo lo que un hijo te enseña, si crees que ellos vienen a la vida solo para obedecer tus mandatos, pues te equivocas, el aprendizaje que ellos dejan en cada una de sus edades es todo un arsenal de información que muchas veces no estamos dispuestos a procesar.

Pero que grandioso es ver a tu hijo como un compañero de vida y no como un súbdito de preceptos arcaicos, porque con lo vertiginoso que el mundo se mueve ahora, cometer el error de tratar a tu hijo como te trataron tus padres es todo un agravio para la relación y la confianza en estos tiempos modernos.

No he tenido la necesidad de reprimir ni reprochar, respetándola y fundamentando su amor propio, abrazándola cuando necesita un abrazo, conversando seriamente cuando algo no me ha gustado sin darle el gusto a los demás de reprenderla delante de nadie, ha sido suficiente para crear una relación sin roces. Claro que estas cosas las fui aprendiendo con el tiempo, no siempre fui una madre perfecta y tampoco lo sigo siendo, solo le doy a mi hija el mismo trato que me hubiese gustado recibir de mi madre.

Pero claro, por catorce años ella tuvo la singularidad y favoritismo que suelen recibir los hijos únicos, yo a su edad cuidaba a mis hermanos y apoyaba a mi mamá en sus diversas tareas, típico rol que le corresponde a cada hermano mayor. Pero un día una prueba de maternidad lo cambió todo, un diagnóstico de embarazo múltiple fundó la expectativa de que una relación tan solida como la nuestra podría llegar a resquebrajarse.

Al principio ella estaba molesta conmigo, pero comprendí perfectamente que el duelo muchas veces se disfraza de ira, y en ese afán por no perderla me apegué a ella mucho más, y nuevamente me demuestra una grandeza de alma en sus cuidados y entrega, en la forma en la que incluyó a estas dos personitas que crecían en mi vientre como parte de ella.

Vivimos los últimos meses de solo nosotras como nunca antes lo habíamos hecho. Charlábamos hasta la madrugada de todo y de nada, llorábamos, reíamos, despedimos esa exclusividad que nos pertenecía a ambas por todo lo alto, sabiendo que ese tiempo de solo nosotras lo tendríamos luego pero a cuenta gotas.

Ahora la conozco en un nuevo rol de hermana mayor y nuevamente me sorprende su madurez y entrega.

Nunca me he sentido tan a gusto con nadie como me siento con ella, le he entregado lo mejor de mí pero también he sido vulnerable en su presencia, ha escuchado mis carcajadas pero también me ha visto llorar desbastada, me ha visto realmente molesta pero también le he mostrado a una mujer que ha cometido muchos errores, porque esas miserias que las madres solemos ocultarle a los hijos también es bueno colocarlas sobre la mesa.

No hay nada más doloroso que la decepción que sufrimos los hijos por nuestros padres al darnos cuenta que no eran los héroes inquebrantables que pensábamos que eran, es por ello que le he dado a conocer ese lado no tan lumínico, no para que se compadezca, sabiendo que es muy compasiva, sino para que entienda que me he sanado como mujer para ser una mejor madre.

Tal vez esta relación de madre e hija no sea la misma dentro de diez años, puede que estemos más unidas, puede que nos hayamos alejado, solo espero que ella lea estas líneas en otra época y recuerde siempre mis palabras con ese mismo amor con que yo se las he entregado.

Ahora dos personitas se interponen en este camino de solo nosotras, ellos me absorben tanto que a veces la dejo a la deriva para ser nuevamente madre de bebes y no de una adolescente, pero sin importar qué tan lejos estemos en este vivir diario, siempre surge el reencuentro y me reconforta el estar a su lado al menos sentadas una al lado de la otra o dando una larga caminata, alegrándome cuando despierta o cuando llega del colegio, y aunque la exclusividad ya no nos pertenezca, nosotras siempre seremos nosotras.