Mi historia de amor con mi introversión (Post invitado)



Definitivamente adoro las historias de superación personal  de mis escritoras invitadas, es maravilloso dejarse sorprender con tan hermosas emocionalidades y de cómo toman sus experiencias de vida para impulsarse y no para quedarse atrapadas sin fortalecerse por dentro, y la de hoy, es una realidad que muchas personas viven, pero que no saben abrazar, hace unas semanas escribí sobre alta sensibilidad precisamente porque al acercarme a sus letras descubrí cosas grandiosas sobre la introversión, así que hoy los invito a leerla y luego visitarla en su blog, sin más preámbulo, les dejo su historia de amor y sus grandiosas palabras.

Soy Introvertida. Desde que nací. Pero vine a descubrirlo (a descubrir lo que significaba realmente) hasta el año pasado. Y eso ha marcado profundamente mi vida. Ni yo ni mi entorno sabíamos que existía algo llamado introversión.
Más bien lo que todos pensábamos, incluyéndome a mí, era que yo era una niña/joven/adulta demasiado sensible, insegura, exageradamente tímida (una confusión habitual pero muy perjudicial), que no me relacionaba lo suficiente con los demás, ensimismada en mí misma, que le daba muchas vueltas a las cosas, que me preocupaba demasiado por lo que los demás pensaban de mí...

Yo “moría”, literalmente, por ser aceptada. Por ser una persona segura, confiada, sociable, abierta, resuelta, espontánea, divertida, popular.

Sabía que no tenía motivos para dudar tanto de mí misma. Y que “solo” tenía que cambiar mi mentalidad para quererme. Para que me quisieran. Para ser feliz. Pero no era capaz.

“Sabía” (a un nivel subconsciente e intuitivo) que por mucho cambiar mi mentalidad, la forma en la que me veía a mí misma, no sería suficiente: también era necesario que los demás cambiaran su visión sobre mí.

“Sabía” que la etiqueta de tímida no era correcta. Que no era justa. Pero si no era tímida, ¿qué era? ¿Qué me “pasaba”? Porque una persona muy normal –o común– no era; eso lo tenía claro. Sabía que era diferente a la mayoría, pero eso no tenía por qué ser algo malo. ¿No? La cuestión es que yo no tenía argumentos por ese entonces para explicar (y defender) mi forma callada y tranquila de ser.

Así que he crecido hasta prácticamente mis 30 años, creyendo que tenía un problema irreparable que me convertía en una incompetente social, alguien totalmente prescindible.

Fue en verano del año pasado cuando por fin encontré la pieza que le faltaba a mi puzzle. Estaba leyendo las valoraciones de un taller grupal que acababa de impartir. Me sorprendió mucho descubrir que una pareja me había valorado de forma totalmente opuesta: mientras la chica apreciaba la forma serena y tranquila en la que me había expresado, el chico valoraba negativamente este hecho en particular.

Fue en ese momento, y con la ayuda de mi mentor, cuando me di cuenta de que llevaba toda mi vida negando, rechazando, despreciando mi forma natural de ser. Una forma tranquila y serena que había sido valorada en muchas ocasiones, por distintas personas, en diferentes circunstancias... Y yo, en lugar de verlo como algo positivo, le había quitado importancia.

Mi mentor me hizo reparar en todos esos grandes conferencistas, callados y serenos (como Wayne Dyer o Eckhart Tolle), capaces de congregar a grandes masas de gente para escucharlos. Personalidades calmadas que inspiran a millones de personas, que transforman vidas a un nivel muy profundo.

Y lo vi claro: yo quiero ser ese tipo de persona. Serena y segura. Y ayudar a otras personas introvertidas a conocerse mejor y quererse tal y como son. Así que empecé a investigar, hasta que di con la charla de Susan Cain en TEDx. Me compré su libro (El Poder de los Introvertidos), y el de Laurie Helgoe (El Poder de la Introversión). Y empecé a hacer un repaso profundo de lo que había sido mi vida. Y empecé a comprender. Y a sanar. Me sentí libre como hacía mucho tiempo que no me sentía.

Por fin, no tenía que luchar conmigo misma. No tenía que castigarme por ser como era: callada, observadora, reflexiva, necesitando anticipar y planificar tanto las cosas, hogareña, relacionándome con pocas personas cada vez, disfrutando tanto de los espacios abiertos y tranquilos...

No tenía que sentirme culpable, ni avergonzada. Fuera la frustración y la rabia. Contra mí, contra los demás. Confirmé que la idea que otras personas tenían de mí no era acertada. Y que yo no era la única que tenía que cambiar de mentalidad. Al fin podía explicar que no era tímida sino introvertida. Y ahí empezó mi relación de amor con mi introversión.

Pero lo más bonito de todo ha sido descubrir que, realmente, mi historia de amor con mi introversión empezó mucho tiempo atrás. Es como esa relación con una persona a la que quieres mucho, con la que te llevas genial, quedas, hablas, vas de compras, cocinas, duermes... hasta que llega el día en el que descubres que es “algo más”, y miras atrás y ves que siempre fue algo más.

Con mi introversión me ha pasado lo mismo. Yo disfrutaba de mis momentos y espacios de soledad. Disfrutaba enormemente contemplando el mar, viendo una puesta de sol o las estrellas. Podía pasar un fin de semana entero en casa, leyendo, dibujando o escuchando música.

Me gustaban las conversaciones profundas. Me lo pasaba genial relacionándome con otras personas en “pequeñas dosis”. Y me sentía orgullosa de mi capacidad de empatía, de mi sensibilidad, de mi curiosidad e interés genuino por los demás.

Por supuesto, mi capacidad de planificación y de concentración me habían resultado tremendamente útiles a lo largo de todos mis años de estudios. Así que, sí, podía decirse que estaba agradecida de ser como era. Introvertida. Aunque no fuera eso lo que sentí en su momento.

Pero encontrar un término para definirme, con el que me siento identificada y a gusto, me ha dado la oportunidad de transformar mi vida. Tanto mi pasado como mi presente y mi futuro. Cambiando la forma de verme, de valorarme, pude cambiar todo lo que he vivido y mi idea acerca de lo que podía llegar a vivir. De lo que lograría. De cómo me sentiría.

He podido reescribir mi pasado y transformar una infancia, una adolescencia y una juventud tristes, en una historia de crecimiento. Todo el sufrimiento, el aislamiento, el vacío, la soledad... cobraron sentido.

Gracias a todo lo que viví he llegado a convertirme en la persona serena, empática, sincera, creativa, organizada y perseverante que soy. Por supuesto, aún hay cosas que no me gustan. A veces mi introversión me vuelve loca, y me gustaría cogerla y lanzarla por la ventana.

Como en cualquier relación: asumo que mi relación con mi introversión tiene sus momentos buenos y sus momentos menos buenos. Por ejemplo, en ocasiones desearía ser más resolutiva: actuar, valorar, decidir qué cambios hacer, y volver a actuar. No pasar tanto tiempo en mi mente. Otras veces me gustaría tener más energía para ir a fiestas con mis amigos. Pero, como he dicho, forma parte de la relación.

Antes creía que tenía que cambiar mi forma introvertida de ser. Pero ahora me doy cuenta de que hay cosas que no puedo ni quiero cambiar; que hay cosas que merece la pena aceptar como son. Porque sin esas cosas, quizá perdería muchas otras que sí quiero conservar. Y las que sí puedo y quiero cambiar, he aprendido a hacerlo con paciencia. Y con cariño. Sin sentir que soy defectuosa, que me falta un tornillo, o que tengo una tuerca mal ajustada.

Sabiendo que soy una persona normal y corriente, como muchas otras. Valiosa tal y como soy. Y digna de amor. Y disfrutar de la vida siendo como soy IntrovertidaMenteTuya.
Irtha López es psicóloga y coach introvertida que acompaña a otras personas introvertidas en el proceso de re-des-cubrir su introversión. Les ayuda a entender porqué son como son, a librarse del sentimiento de culpa e inferioridad, y a disfrutar mucho más de su relación consigo mismas y con los demás. Puedes leer más sobre cómo ser IntrovertidaMenteTuya en su blog, en su página de Facebook y en su Twitter.