Vivir la vida que uno quiere



Quiero vivir en un lugar donde sea imposible prescindir del mar, donde todo esté impregnado de olor a pescado y a salitre rondando el aire. Quiero una inevitable proximidad con la costa, donde la arena entre a mi casa o la brisa toque mi ventana o el ambiente marino me engalane los sueños y me alimente la inspiración. Quiero vivir la vida que quiero y no la que dicta los preceptos de la sociedad; me visualizo viajera, una peregrina que se encuentra consigo misma cada vez que se mueve, una escritora que recrea en base a la memoria y hace de cualquier parte del mundo su hogar temporario, una oficina frente a la playa como el escenario perfecto que adorne la vista de mi vida, siempre escribiendo y produciendo contenidos de sentires y emociones sanadas.

Tal vez lo utópico me esté invadiendo, pero es que me he puesto a pensar en las tantas personas que justo ahora están haciendo lo que no quieren, atrapadas en un horario laboral, siguiendo los dictamines de una sociedad que lo estructura todo de modo que la gente se vuelva autómata de una cotidianidad que satura, invade y merma. Me atrevería a decir que son muy pocos aquellos los que trabajan apasionadamente, esos privilegiados que reciben una paga por seguir sus sueños son dignos de mi admiración, hicieron todo lo posible por seguir su instinto vocacional y ahora la vida los compensa por vivir justo lo que quieren.


Esa plenitud, ese bienestar, ese sosiego que significa estar donde uno quiere estar y haciendo lo que uno quiere hacer, que regocijo saber equilibrar la vida para que todo quepa: lo laboral, lo familiar, lo personal, no abandonarnos porque solo supimos enfocarnos en una sola cosa, pero tampoco excedernos y desbordarnos con todo ni con todos; nos incumplimos porque nunca supimos decir un no a tiempo, otras veces, despreciamos las oportunidades que nos trajo la vida creyendo que vendrían luego.

Si tenemos esa rara sensación de estar viviendo una vida ajena a nuestros gustos y ambiciones, si nos sentimos presos en jornadas inacabables, si las deudas y compromisos nos tienen atrapados en una vida que no queremos vivir, si pareciera que vemos muy remota la posibilidad de llegar a vivir la vida que sí queremos, es importante entonces detenernos y preguntarnos ¿qué nos está alejando de nuestros sueños? Puede que seamos nosotros mismos quienes estemos poniendo la etiqueta de "imposible" a nuestros mayores deseos.

Limpiar tanto el desorden nostálgico como aspiracional es un buen comienzo para promover lo que se tiene y no de lo que se carece, como estamos acostumbrados a postergarnos, dejamos para luego lo que quisiéramos vivir en este momento, incluso tenemos sueños inalcanzables y ni siquiera ajustados a nuestra realidad, hay sueños grandes y sueños pequeños, algunos se suceden y otros se separan, pero lo que sí es vital es no dejar de tener metas, no se trata de vivir ilusionados, sino enfocados en estar caminando justo hacia la vida que queremos.

Le ponemos tantas excusas a lo que pretendemos vivir, un lenguaje interno nos recalca siempre que no es el momento, esta no es la época, ya no estoy en edad para eso, no es para mí, no lo merezco, no donde vivo, esta no es la fecha, que dirán los otros si lo hago o ya no estoy en condiciones de hacerlo. Nos atascamos en la conformidad de lo predecible, adaptamos nuestro pensamiento a los mandatos externos y de lo interno solo escuchamos lo negativo.

La sociedad estructura y nosotros cumplimos, es importante estudiar, estudiamos; es necesario el matrimonio, nos casamos, es fundamental la familia, tenemos hijos; vamos como marcándolo todo en la lista de la vida y luego tachando lo que ya llevamos cumplido, y pobre de aquel que se salga de lo ya estructurado, y grandioso el que todo lo ha logrado porque se convierte en un perfecto ejemplo de la sociedad, aunque a cuestas lleve la frustración de que todo lo vivido no haya sido exactamente lo querido.

Leyendo sobre la vida de Isabel Allende me encuentro con una mujer que escribe su primer libro La casa de los espíritus a los 39 años, siempre tuvo interés por la escritura, pero su afanada vida, entre el cuidado de sus hijos y sus dobles jornadas laborales, no le habían dado tiempo para dedicarse a hacer lo que quería, no cabe duda que esta vida inspiró la mía, porque muchas veces es la edad el muro de contención que le instauramos a lo que queremos, y como se trata de una sociedad que resalta la juventud y menosprecia la vejez, entramos a la adultez no como la época de mayor plenitud, entusiasmo e impulso, sino como la cuenta regresiva de una vida donde socialmente ya no cabremos.

Para vivir lo que se quiere hay que empezar por despojarse de las excusas, así que ya no se trata de la edad ni del lugar donde nos encontremos, no considere a los demás como puntos de vista porque ellos también desean vivir la vida que quieren, y puede que su mirada indagadora los otros la estén tomando como culpabilizadora, entienda que todos andan buscando la vida que añoran, como usted o como yo que ya no quiero encerrarme en una oficina soñando con vivir la vida que quiero.