Romper la rutina, abrir el camino



Un criterio de realidad me hizo escribir estas líneas, viendo los sueños inalcanzados desde la ventana de la añoranza por no haberse cumplido nunca, cuando aferrados a la comodidad se nos fue pasando la vida, cuando el cambio avecinó su llegada nos fuimos aterrando por adelantado y colocamos la predisposición para no romper la inercia de lo conocido, y nos negamos a dar un salto definitivo o hacer un cambio radical, así que hemos podido transcurrir esta vida perfectamente infelices y mantenernos allí por mucho tiempo, porque lo que no conocíamos nos asustaba más que aquellas circunstancias desgastadas que aún nos afectan y nos lastiman.

Tomar riesgos no es algo que le sea placentero a cualquiera, son muchos los que llegan al final de sus días sin haber vivido realmente porque siempre estuvieron vestidos de miedo, demasiado asustados para arriesgarse o para vivir una aventura y colocaron a la estabilidad como una prioridad tambaleante. Gente que no ha sido capaz de ir en contra de la cotidianidad rutinaria, que dejan ir oportunidades como si algún día llegarán en cambote, que no se atreven a probar nuevas comidas, usar otro tipo de color en la ropa, caminar por otras calles, dejar de planificar y por alguna vez improvisar.

Es el cambio lo que realmente permanece, pero nos creemos inmóviles hasta que algo distinto ocurre, tal vez alguna propuesta se asoma o el amor nos ha sustituido o la vida nos ha reemplazado el escenario o alguien que siempre estaba ya se ha ido. Lo cambiante es constante pero también es efímero, los que no se han detenido a percibir lo diverso de las situaciones diarias es porque se han momificado para verlo todo con su grisáceo oscurecido, y lo más probable, es que adentro no se sientan agradecidos.

Cuántas oportunidades se fueron a volar a otro cielo porque no nos atrevimos a ponernos alas y a emprender el vuelo. Cuántos “hubiera sido” guarda nuestra historia porque la excusa de la comodidad nos dejó perpetuados en el mismo sitio. Cuántas personas ocuparon nuestro lugar porque le dimos la espalda a lo nuevo y nos negamos a recorrer otros destinos. Cuántos caminos esperaron nuestras huellas pero cansados del tiempo se abrieron para que otras personas anduvieran los pasos que nunca dimos.

La vida a nadie espera, todo ha de ocurrir aunque allí no estemos, pero el sentimiento de arrepentirse, tan vano y tan absurdo, tan obsoleto y tan destructivo, nos interpela y nos reclama luego que el tiempo ha pasado y la lejanía nos hace distinguir profundamente una vida en la que nunca nos atrevimos. Alguien se queda con nuestros sueños, alguien aprovecha la variedad que nunca quisimos, y avanzado el tiempo encontramos que los cambios se dieron aunque no hayamos participado en lo distinto.

El miedo a lo nuevo es una crisis que a todos nos ha tocado, recuerdo cuando me mudé de país, ya montada en el avión, con la decisión más que tomada, todavía dudaba de mi adaptación al cambio y quería bajarme y continuar con una vida que ya estaba tan poblada de rutina, tan exacta de automatismo, y explorar otros rumbos era algo que aún no había asimilado y comprendido, pero lo mejor que hice fue no haberme bajado de ese avión y abrirme a lo novedoso como un regalo majestuoso que la vida me tenía preparado detrás de lo desconocido.

Volver a comenzar como decisión voluntaria no es algo que se emprenda con facilidad, pero si el comienzo es forzado, nos coloca entonces ante la vida sin siquiera un tiempo para reflexionarlo, aguerridos nos disponemos a ese empezar de nuevo porque la comodidad se ha escapado y lo diferente se ha instalado, pero si esa supuesta comodidad nos atrapa y nos asfixia lentamente con sus compromisos, tomar la decisión del cambio se torna distante, atrapante, casi inexplorable.

Puede que no hacer algo nuevo nos deje inconcluso lo ya vivido, aferrados al pasado no nos disponemos a tener experiencias distintas, así que ni lo nuevo ni lo viejo se repone en nosotros porque vivimos atascados, ciegos de lo que pudo haber sido y sordos a los cambios que la vida nos vive susurrando. El aventurero se reirá de estas líneas, pero el poco arriesgado leerá temeroso y se verá reflejado y pensará con nostalgia en todo lo que dejó atrás por no haber sido osado y atrevido.

Romper la rutina no significa dejarlo todo y empezar de cero, pero hay circunstancias que ya nada tienen que ver con lo que ahora vivimos y seguimos arrastrándolas por complacer a los demás o por no atrevernos a hacer algo distinto, cuántos nuevos proyectos se cruzaron en el camino, pero como iban en contra de lo tradicional preferimos dejarlos ir y creer que vendrían otros ya más ajustados a nuestro camino, y era precisamente lo distinto el nuevo aire que necesitaba nuestra vida, pero decidimos no romper la rutina y quedarnos haciendo por años exactamente lo mismo.

Cuando se rompe con lo rutinario la vida nos asoma algún cambio, pero debemos tener en cuenta que “para que algo nuevo llegue, algo debe haberse ido”, así que romper con la rutina abrirá nuevos caminos, pero dejará atrás los transitados, y es importante tener la valentía de dejarlos ir y saber que el mundo da vueltas y nosotros iremos al compás de cada giro.