Comprendamos la crisis de pareja



Estar en pareja es una de las mayores oportunidades que tenemos en la vida para lograr el crecimiento personal, el otro siempre nos va hacer ver nuestra madurez emocional y nuestra responsabilidad y compromiso con nosotros mismos, proyectamos en el afuera para liberar lo que es interno, y cuando vemos en el otro un aspecto nuestro que no amamos y no aceptamos, se consigue entonces la tan temida crisis de pareja.

Las crisis son parte del componente de una pareja y muchas veces llegan para redefinir los roles en una relación, se asoman como pequeños cambios que pueden generar nuevas emociones, o simplemente anuncian una recomposición del vínculo o una fecha de vencimiento del mismo, o tan solo es una grandiosa oportunidad para colocar las cosas en su sitio cuando vemos que el amor se desordena.

A veces estamos tan absortos en la comodidad que nos brinda la pareja que dejamos todo asumido, hasta el amor que nos tenemos, asumimos la cantidad de años juntos como una garantía, cuando es precisamente uno de los ámbitos que más pesan dentro de la relación: la historia.

Un vínculo es un espacio lleno de historias que tiene toda la factibilidad de entrar en desencuentros en cualquier momento, y cuando la crisis aparece, por lo general el amor se esconde, por tanto, las decisiones que se toman en la crisis no tienen certeza de fortalecimiento conyugal, ya que se desvirtúan del proyecto de vida que se estableció desde el principio de la relación o se fue construyendo durante su desarrollo.

Todos tenemos dos opciones de pareja, una es la que se puede vivir intensamente, pero con la que es imposible mantenerse en el pico alto de la pasión, y la otra, es con la que se construye un proyecto de vida, y si aquí ambos coinciden, entonces habrá coincidencia en la pasión, el cariño, la solidaridad, el respeto, la permanencia. Así que el proyecto se convierte en esas necesidades sanas que permean el amor, donde se ve a la pareja como un medio y no como un fin, y esto aplica tanto para las tradicionales como para las no convencionales, sin aunarnos a esta sociedad individualista en la que cada quien tiene un proyecto de vida donde el otro no cabe.

Uno no debe ser en pareja lo que el otro te permita ser, no nos formamos en dúo para ser felices, tenemos que ser felices primero y compartir esa felicidad con el otro, he aquí donde se encuentra el origen de muchas crisis, esa ansiedad que se va construyendo cuando el otro no me da la felicidad que yo no me estoy dando, y en la que muchas veces ni nos percatamos del proceso de crisis del otro, el cual pudo surgir desde una tendencia a la monotonía o una permanente inseguridad o con la llegada de los hijos porque se interpusieron en el espacio de intimidad, muchas pueden ser las causas de una crisis, pero lo que se debe tener claro es que la pareja se hace de a dos y las culpas son compartidas, por lo que no se puede estar ajeno a la crisis del otro porque es una crisis de ambos.

Cuando nos detenemos en la crisis para revisar qué queremos rescatar de la relación, es preciso cuestionar primero dónde estamos dentro de la relación y verificar la reciprocidad que tenemos con nosotros mismos. Puede que al otro le resulte muy cómoda la crisis que se está viviendo dentro de la pareja y le permita evadir conversaciones y le parezca favorable no enfrentar ciertas situaciones, es por eso que mirarnos puede abrir la perspectiva de dos para poder mirar luego al otro, y saber si es conveniente salvar la relación, y darnos cuenta de quién quiere recomponer el vínculo y quién está dispuesto a destruirlo.

Si estamos dentro de una crisis es importante empezar a generar expectativas incluyentes y no expectativas tacitas que nunca se llegan a conversar, y convencernos que aunque la vivamos de mala manera, la crisis es parte de la vida misma, que ha sido el resultado de un proceso de desgaste que pudo haber comenzado como una sutil manipulación y que nos fue llevando poco a poco al chantaje emocional; y saber que luego la reconciliación no se trata de una película romántica, sino un transitar hacia otra etapa de la relación, creando un espacio donde se deben establecer acuerdos y limites que lleven implícito el compromiso, la voluntad, la complicidad, la confianza, la comprensión.

Una crisis es duradera cuando nos enganchamos en nuestras propias rabias o dejamos de lado el sentir del otro, la discusión puede ser un signo de normalidad, pero no debe ser permanente ni entrar en la violencia como una vía de escape o como un ámbito de desesperación, es por eso que no hay que voltear hacia adentro de nosotros cuando ya no quede otro remedio, ya que esa mirada introspectiva debe ser una constante en nuestro día a día, la cual nos ayudará a vislumbrar la crisis desde su comienzo y no cuando ya haya inundado nuestras vidas.

Si cree que su pareja se encuentra en crisis permanente es importante que conjugue el verbo conectar y darse cuenta que tal vez no necesariamente es el otro, para tener la fortaleza de preguntarnos, respondernos y accionar de manera coherente, es propio tener una autoestima suficiente y una buena valoración nuestra, que es lo que normalmente no tenemos, y saber que si la decisión última fue una separación forzosa no conversada adecuadamente, por lo general, siempre uno quedará con la culpa y el otro con la sensación de abandono.