Nuestro lenguaje interno


Vivimos enfocados en un dialogo interior interminable donde la realidad es creada a partir de lo que somos, llevamos años alimentando creencias sobre nosotros mismos, unas infundadas por los responsables de nuestras crianzas, otras son solo las opiniones que permitimos se conviertan en propias, y establecemos así un criterio que se forja más de la perspectiva ajena que del amor propio, al parecer nos conocemos lo suficiente, aunque no somos capaces de controlar nuestro lenguaje interno y hacerlo más apropiado para nuestro crecimiento personal.

Eso que nos decimos, eso a lo que la psicología cognitiva le ha dedicado años en análisis exhaustivos, esa reiteración compulsiva que todos tenemos en pensamientos que parecieran no supieran detenerse, y creemos que es el entorno quien les da la vuelta, pero realmente somos nosotros quienes no sabemos detener la rueda.

¿Sabían que hablamos con nosotros mismos un mínimo de 14 horas diarias y aproximadamente el 80% de ese dialogo es negativo? Si tuviera que ir a la raíz de este pensamiento, diría que nunca nos enseñaron a querernos, y no estoy culpando a nadie, a nuestros padres tampoco les enseñaron a amarse, y muy pocos tuvieron grandes dosis de cariño y afecto, por tanto, no tuvieron la posibilidad de adquirir un lenguaje apreciativo que luego fuese transmitido a las siguientes generaciones. Nadie nos dijo que lo que pensáramos de nosotros, luego se convertiría en lo que los demás terminarían viendo, opinando y creyendo.

Si nos decimos torpes, idiotas o tontos, nos visualizamos como tal y lo asumimos como una realidad, y a partir de esos calificativos se crean emociones, afectando nuestra valía personal, teniendo la certeza de que nos ven así, y a la larga, hasta llegamos a crear una anatomía para que nos terminen viendo torpes, idiotas o tontos.

Vivimos culpando al afuera las consecuencias de esto que nos ocurre adentro, por ejemplo, nos maltrata quien no nos toma en cuenta, ese ser a quien le estamos hablando y no nos escucha (como lo hacemos con nosotros mismos), quien no nos permita disfrutar porque a cada disfrute que intentamos esa persona lo sabotea (como lo hacemos con nosotros mismos), quien no nos permita descansar porque cada vez que intentamos hacerlo esa persona nos interrumpe (como lo hacemos con nosotros mismos). Atraemos a otro para ver lo muy agresivos que somos con nosotros mismos, es por ello que al proyectar en el otro nuestras propias situaciones, nos irrita, y queremos cambiarlo afuera sin haberlo cambiado adentro.

Nos enseñaron a ser muy pulcros y aseados, pero ¿nos instruyeron a tener higiene mental? Para no ser ególatras, y por tanto no ser caprichosos ni compulsivos, nadie nos orientó hacia la autoestima razonable, hacia el “me quiero” pero aceptando a los demás tal como son, hacia la compasión sin llegar a la lástima, y mucho menos a lastimar.

Esa falsa modestia que tienen algunos, pareciera que la autoestima tiene mala prensa y fuesen discursos de poca aceptación, pero elogiarnos, sin llegar en lo excesivo, sin ser narcisistas ni petulantes, es bueno para nuestras emociones, no se trata de gritar a los cuatro vientos lo bueno que somos, con que se quede en un lenguaje interno, y se refleje luego en nuestras acciones, es más que suficiente para sentirnos merecedores de una vida feliz y saludable. Terminamos atrayendo entonces a personas que ratifican nuestros pensamientos y proyectan nuestro amor, ya que desde los cimientos de un buen pensamiento, se establece una buena opinión de nosotros y así nos terminan viendo.

En nuestra intimidad enumeramos, describimos y comentamos lo que vamos percibiendo, muchas veces pensamos más imágenes que palabras, esas que suscitan y hacen desfilar nuestros recuerdos o fantasías, aflorando estados afectivos, deseos y aprensiones. Este dialogo interior suele describirnos, increparnos o inculparnos, anunciarnos nuestros proyectos y decisiones. 

Estamos hablando de un lenguaje interno que puede estar compuesto de frases simples, a veces son palabras sueltas o palabras que se siguen unas a otras sin rastro de coordinación, podemos pensar frases indefinidamente alargadas, con múltiples subordinaciones internas e incluso interrupciones y saltos en el sentido. Realmente los pensamientos no llegan organizados ni se van perfectamente estructurados, así que reorganizar nuestra mente o apaciguar nuestros pensamientos es una tarea en la que nos podemos tardar meses, tal vez años.

Mentalmente podemos saltar etapas, pasar bruscamente a un tema totalmente distinto o regresar a un tema anterior sin que nada de ello se exprese verbalmente de modo alguno, el hilo del discurso interior puede prescindir de lógica y avanzar al capricho de su emisor. Este monologo interno muchas veces es para analizarnos, interrogarnos o exponernos dudas, pero lo que sí está claro es que nunca está quieto, algo siempre tiene que decirnos, puede que algunos lo utilicemos como un proceso reflexivo, pero otros llegan a utilizarlo casi como una instigación, aunque la mayoría cree que el solo pensar ya es un castigo, ya que han hecho del pensamiento el lugar donde se alojan las preocupaciones, las críticas internas, las rabias hacia otros.

Pensarnos favorablemente, para luego hacer de nuestra expresión verbal y corporal un enlace hacia la buena conexión con otros, un atraer a personas que llevan como esencia un lenguaje interno saludable, y hacer con ellos conversaciones interesantes, vínculos afectivos sólidos, pequeñas libertades que no coartan la libertad del otro. Vernos grandiosos desde adentro, nos llevará a una grandeza de alma, a emociones sensatas y plenas, a construir un mundo que necesita personas que se amen para poder amar a los demás y no seguir construyendo violencia.