Relacionarnos no es vincularnos


Conocemos a tantas personas y tantas que han pasado por nuestras vidas, con algunas nos involucramos y con otras nos desentendemos, en algunas dejamos añoranzas y en otras sembramos olvidos, con todas llegamos a relacionarnos, pero con pocas llegamos a unirnos, a enlazar nuestros destinos, a sujetarnos de la mano, a lograr eso que suelen llamar vínculo.

Hay muchos por allí hambrientos de intimidad, necesitando al menos ese espacio que significa una mirada cómplice, una frase que contextualice una anécdota, una palabra de aliento, un abrazo a tiempo. Pero lamentablemente el mundo está lleno de indiferentes, personas parcas que desde su infancia el amor no fue una demostración cotidiana, entonces expresarlo o decirlo se les hace difícil, convirtiendo a la impersonalidad en la mandataria de las relaciones de hoy día.

La relación es ese encuentro con otra persona que cumpla con todo aquello que valga una emoción, sea buena o sea mala. En cambio el vínculo, surge a partir de los detalles, de aquellos actos que hasta en rituales se han convertido, donde no se juzga, no hay censura, no hay etiquetas, donde se converge para hacerle al amor un pequeño honor de cotidiano convivir con el otro.

No en vano me he detenido en cada una de las lecturas recalcando eso de buscar adentro lo que somos y ver cómo lo proyectamos afuera. Creemos que nuestros pensamientos nos pertenecen, cuando en realidad le pertenecen al universo mismo, desde la mente vamos creando, y aunque parezca que nadie está escuchando aquello que estamos pensando, la energía que emanamos va haciendo palpable ese pensamiento que creemos intangible. Como nos vemos nos ven, como nos sentimos nos sienten, tal vez la indiferencia de otro sea solo un mecanismo de defensa ante personas volubles, pero la actitud constante del indiferente hace posible que el desdén termine ganando la partida.

Vincularse es estar y quedarse, permanecer y no rendirse. Puede que los hijos sean al principio un vínculo muy importante en la relación, pero cuando crecen y se separan del núcleo familiar, dejan de ser un elemento vinculante de la pareja, por tanto, no se debería colocar el valor vinculante en los hijos ni como elemento principal de la unión de ambos. La pareja debe estar unida por su propio amor, el cual es preciso sea hasta más grande que el que se siente por los hijos, pero a veces las mujeres solemos ser más madres que esposas y hasta terminamos siendo maternales con nuestros maridos.

Este mundo tan lleno de todos, tan lleno de tantos, pero al mismo tiempo tan poco vinculado, no hay conexión, hay es control, se nos volvió costumbre un preguntar ¿dónde estás?, en vez de preguntar un ¿cómo estás?, vivimos ansiosos porque no descubran que es fácil dejar de amarnos, ya que el amor de casa no lo hemos establecido como prioridad, lo intrínseco se ha vuelto una búsqueda externa de aprobación, el desgaste de que alguien nos acepte, un alguien que aún no se ha aceptado siquiera a sí mismo.

Hasta hace poco tenía la convicción de que una unión marital o un bien en común eran más que suficientes para vincular a dos personas, especialmente una pareja, pero he comprendido que lo vinculante puede ser hasta simbólico o espiritual, que ni siquiera es necesario que alguien conviva contigo para que los vincule la cotidianidad. El vínculo tiene que ver con una pauta de conducta que tiende a establecerse dentro de una relación, es el punto diferenciador con el resto de las relaciones, es decir, el vínculo hace que la otra persona se vuelva significativa para nosotros.

La necesidad es el fundamento motivacional del vínculo, donde cada uno establece su estructura relacional desde sus propias vivencias, sabiendo que puede ser un vínculo bueno o uno malo, dependiendo del sentimiento de gratificación o frustración que acompaña a lo que se configuró inicialmente como vínculo. Pero quedémonos en el buen vínculo, ese que no necesita ni de miedos ni de ansiedades que perturben la concepción de relación, aunque si estos factores existieran, estaríamos hablando entonces de un vínculo con posibles fragmentos, resquebrajando sus partes, anulando su esencia.

Tener con alguien una historia de vínculos es tener presente la afectividad dentro de todos los ámbitos de la relación que se mantenga, es haber compartido experiencias, lágrimas y tiempo, es saber que las diferencias han sido el aprendizaje perfecto para llevar a cabo una sanación emocional y personal propias de una persona que toma cada acontecimiento como un logro más del día a día que se nos regala.

La relación no es el vínculo, pero el vínculo hace la relación, donde la reciprocidad y la concordancia emergen a partir de gestos y detalles que se empoderan de lo habitual y la colocan dentro de una relación distinta al resto de las relaciones. Puede haber distintos vínculos en diversas relaciones, pero cada una de estas sujeciones corresponde a diferentes contextos y diferentes sentires, y ningún vínculo tendrá un parecido exacto con el otro, ya que cada relación tiene su propia historia. A nadie se le ama igual, sólo el vínculo establece la diferencia y proporciona los lazos y las uniones que hemos tenido con cada persona a lo largo de estos días que hemos llamado existencia.

La vinculación depende del carácter emocional con el que se sostenga, de los rituales que se vayan creando para que el amor tenga cabida, de qué tan partícipes se sientan cada uno dentro de la relación establecida y qué tan fortalecida se estructure la correlación a partir del vínculo.