Amamos sufriendo



Todas aquellas personas que han sido y son parte de nuestras vidas, son seres que nos proyectan, y con cada uno de ellos es preciso dejar en el historial un aprendizaje que nos haga cada día ser mejores personas. Admito que aquí mi tema recuerda a la lectura “Somos el espejo del otro”, pero es preciso destacar que nunca llegará a su vida alguien que no refleje lo que usted es por dentro, nadie llegó por error, todos vinieron, se fueron y han permanecido haciéndonos saber permanentemente lo que somos, y nosotros hemos tenido la misma tarea con ellos.

"La fragilidad de los vínculos humanos", como lo señala Bauman, nos hace creer "que el próximo amor será una experiencia aún más estimulante que la que se disfruta actualmente, aunque no tan emocionante y fascinante como la que vendrá después de la próxima", sin percatarnos que al fin y al cabo, todas y todos solo vienen a mostrarnos lo que vivimos negando: nuestras miserias e inseguridades, nuestros padecimientos, una parte nuestra escondida detrás de las frustraciones, aparecen de pronto seduciéndonos, y luego del encanto del enamora-miento, nos hacen ver nuestras dudas hechas certezas. Así que amamos sufriendo porque no hemos sabido amarnos primero, buscar adentro y saber lo que somos, y cuando lo veamos en otro, sabremos reconocernos.

Que delicia esa la de amar y sentirse amado, sentirse libre para opinar un desacuerdo, sentirse aceptado, respetado y tenido en cuenta, dejar a un lado los sentimientos de culpa, sin nada que probar, sin reproches que escuchar, sin sentirse desolado ante el rechazo, sin la necesidad de rechazar, sabiendo dónde están nuestras fuerzas y nuestras debilidades. Pero ¿esto realmente existe? ¿o es que necesitamos demostraciones de cariño frecuente para dejar constancia de que el amor en nuestra relación de pareja es verdadero?

Hay relaciones cómodas donde la mutua adulación es siempre parte del discurso, hay relaciones inseguras donde el complacer o el controlar al otro son parte del comportamiento, hay relaciones hastiadas donde la indiferencia es parte de lo que cada quien siente, hay relaciones sin contradicciones para no verse obligados a elegir entre la libertad y el amor, hay relaciones posesivas que se disfrazan de comprensivas para que no se les note el agobio, hay relaciones dominantes que no toleran la separación y mucho menos una sana despedida. Si nos sentimos indecisos para explorar cambios internos, mucho más lo estaremos frente a los externos, y por ende, seguiremos siendo parte de relaciones conflictivas.

Hasta que usted no cure sus heridas, hasta que usted no sane sus miedos, hasta que usted no resuelva sus inseguridades, siempre vendrá alguien a mostrarle el lado oscuro de su espejo, y por lo general, ese alguien nos importa, por tanto, ese alguien nos confronta. Si de pareja se trata, una vez que culmina el enamora-miento, una vez que nos quitamos las máscaras que usamos en pos de la conquista del otro, ocurre que nos vamos tropezando con anhelos insatisfechos, nervios destrozados, amores desengañados, heridas aún abiertas, miedos y soledades al descubierto, hipocresía y egoísmo vestidos de celos, todos a la orden del día para hacernos ver nuevamente que nada hemos resuelto y que la desilusión ha hecho acto de presencia.

Cuando en una pareja hay un verdadero amor, a sabiendas de las dificultades internas, el espejo se vuelve nuestro aliado, y de allí desembocan las experiencias gratas y plenas, donde el crecimiento es intrínseco y no se buscan soluciones en el afuera. Pero cuando no hay amor, cuando la desilusión ha hecho todo el trabajo, nos preparamos para buscar otra pareja que terminará nuevamente reflejándonos, pero siempre con la absurda convicción de que son los otros los que se equivocan.

Esta revisión tan somera como inevitablemente personal, me hace creer que nos repetimos con cada desamor en las mismas frases: “no tenemos suerte en el amor”, “siempre llega a mi vida el mismo tipo de persona”, “la relación perfecta nunca será para mí”; pero ocurre que no son los demás, siempre somos nosotros que nos damos la oportunidad de repetirnos en cada historia, con el mismo guion, tal vez hasta frecuentando el mismo escenario.

¿En qué tipo de personas nos debemos convertir para atraer a nuestras a vidas a ese alguien que en verdad se parezca a nuestros anhelos? En una persona que se ama a sí misma para que el espejo le devuelva el amor que profesa. Así que si alguien no nos ama como queremos o no nos amaron como creíamos merecerlo, es propio hacer un paréntesis y detenernos en el amor que nos hemos venido dando: si nos criticamos en vez de apoyarnos, si nos maltratamos con un lenguaje interno que nos grita lo que no toleraríamos escuchar de afuera, si necesitamos siempre la aprobación de otros para sentirnos temporalmente satisfechos con lo que somos ¿adivinen qué? Vendrá el espejo a mostrarnos lo de adentro, lo que nadie está escuchando, lo que nos vive atormentando.

Cuando creemos que el otro nos pertenece, cuando los celos nos carcomen, cuando esperamos que la felicidad venga del otro, cuando hacemos todo por complacer muy a pesar de lo mucho que eso pueda estar afectándonos, cuando vivimos controlando o el control del otro nos aplasta, cuando la ansiedad de sabernos queridos sin adelantarnos a querernos primero nos acorrala, cuando manipulamos o reprochamos para empoderarnos del otro, cuando nos volvemos víctimas de una relación a la cual no creemos pertenecer, cuando dramatizamos para que nos presten atención, cuando somos lo que no somos para que amen lo que no es; o no estamos amando, o amamos a partir de un sufrimiento que no sabemos volverlo feliz.