Escuchemos nuestro cuerpo


Palabras como estrés, ansiedad, angustia, nervios, se han convertido en parte de nuestra cotidianidad y se han instalado en nuestro sentir, adueñándose de nuestras emociones, repercutiendo en nuestro cuerpo, el cual tiene alarmas constantes que van interpretando con malestares todo lo que nos va ocurriendo y no sabemos expresar, llorar, procesar, soltar, sanar.

Todos tenemos pensamientos y sentimientos negativos que nos causan enfermedad, los cuales pasan por nuestras emociones y llegan a nuestro sistema inmunológico, cuya inteligencia nos va alertando lo que el cuerpo va experimentando. Cuando una enfermedad crece en nosotros es porque se ha instaurado sobre los cimientos del miedo, y es allí cuando la energía vital deja de fluir, y por tanto, deja de nutrir nuestro cuerpo, dejando atrás a la vitalidad y dando paso a la temida enfermedad.

El cuerpo nos habla y nosotros procuramos callarlo de inmediato, al encontrarnos con el síntoma, le damos algún medicamento para que no siga murmurando, en vez de detenernos, tocar el lugar donde el dolor aflige y conectarlo con nuestras molestias, frustraciones, o tal vez con alguna tristeza que no nos hemos permitido llorar, un duelo que no hemos reconocido, un retener que no hemos sabido soltar. Tomar medicinas sólo por callar al cuerpo significa dejar a un lado la posibilidad de comprender todas las motivaciones que se esconden detrás de la manifestación física.

Tener conexiones no resueltas con el pasado, asuntos inconclusos o problemas emocionales, nos lleva a un deterioro que puede no lleguemos a controlar. Pero antes de que esto ocurra el cuerpo se encarga de hablarnos, nos expresa el malestar espiritual y de alma por el que estemos atravesando, pero lamentablemente, no sabemos detenernos para escucharlo, para que nos haga el relato de todas nuestras fuerzas, debilidades, esperanzas y temores. Por ejemplo, si nos duele la garganta, es muy probable que haya algo que queremos decir y no nos atrevemos, así que las palabras se atoran y nos lastiman, tal como cuando retenemos el llanto y el nudo duele cuando la lágrima no sale.

Vamos llenando al cuerpo de sustancias que implican temor o amargura, de hecho, tenemos alojados en nosotros tantos sentimientos innecesarios, que regularmente salen a la superficie enmascarados con alguna depresión o somatizaciones diversas, afectando la normalidad del funcionamiento corporal. Así que usar nuestra energía actual para llevarla constantemente al pasado, le quita a nuestro cuerpo el poder de la salud. La idea es pasar por las heridas y no quedarse a vivir en ellas, ni lamerlas a cada rato para que duelan más, ya que esto infiere directamente sobre la percepción de nuestros sentidos y se atora fácilmente en algún lugar de nuestro cuerpo.

Cada mensaje que nos da el cuerpo debemos recibirlo con gratitud y humildad. Esas circunstancias que nos obligan a elegir entre cambiar o estancarnos son los mayores retos que debemos afrontar. Cada nueva encrucijada es un nuevo cambio, ya sea adoptando un nuevo régimen de salud o una nueva práctica espiritual, o tan sólo un simple descanso que el cuerpo nos suele gritar.

Heredamos creencias de nuestra familia que aún tienen autoridad sobre nosotros. Particularmente creo que no tenemos enfermedades hereditarias, tenemos pautas mentales de nuestros padres y familiares con respecto a la enfermedad y la asumimos como nuestra. Las pautas mentales crean constantemente las experiencias de vida y tendemos a determinarle a nuestro cuerpo fechas en las que la salud tiene su caducidad, ya que el resto de nuestros ancestros hicieron lo mismo con sus cuerpos, sin asumir que la responsabilidad de cada padecimiento va en los sentimientos y en la creencia que tenga cada quien de la enfermedad.

Saber que venimos de una familia de diabéticos o hipertensos nos va estructurando en nuestro organismo la temida presencia de una enfermedad que nos disponemos esperar a cierta edad, lo hacemos tan interno que ni cuenta nos damos que vamos preparando al cuerpo para que aloje a una enfermedad que llamamos “hereditaria”, casi inevitable, sin importar qué tanta sea la vitalidad, las creencias familiares suelen tener más poder sobre la individualidad.

Tengo la certeza de que llegamos a asumir a la “enfermedad hereditaria” como si fuese una especie de pacto silente que se estableció con todos nuestros seres queridos que padecieron y son parte ahora de un componente histórico, al cual nos vemos obligados a pertenecer. Así que es importante que entendamos que somos responsables de aquello que nos pasa y de aquello que no permitimos que nos suceda, y sin ánimos de profundizar en el ámbito genético, es evidente que lo emocional va creando lo corporal, que la biografía se vuelve luego nuestra biología.

¿Saben a dónde van las lágrimas que no pudimos llorar? A alojarse en alguno de nuestros órganos para desahogarse. Desde las rabias acumuladas hasta los rencores establecidos, desde las tristezas perpetuas hasta las heridas permanentes, son puertas abiertas que dejamos para que la enfermedad entre, pero antes de que se convierta en enfermedad, nos va avisando que está en nosotros y que lo emocional le hace peso, que aún estamos a tiempo de desalojarla, que con una limpieza de alma nos basta. Pero ocurre que los acontecimientos buenos suelen estar más callados que los no tan buenos, unos porque apenas nos susurran, los otros porque se atreven a atormentarnos con cada grito que significa pensar en ellos.

Comencemos a escuchar al cuerpo, démosle relevancia a ese lenguaje interno que se hace eco a partir de la dolencia, la fatiga, el cansancio. Interpretemos al malestar como un aviso amoroso para llevar a cabo el trabajo de sanar la emoción, de no dejarnos afectar por todo lo que lo externo nos traiga, y no silenciemos al cuerpo con el primer medicamento que tengamos a la mano, primero deténgase a pensar si es un sufrimiento o un agotamiento de alma, extenuada de sostener por años las desdichas no procesadas, las congojas nunca lloradas.