Seamos uno en pareja



La sociedad nos exige un triángulo perfecto, el cual está compuesto por papá, mamá e hijos, como el prototipo exacto para ser partícipes de una comunidad donde todos nos hacen creer en una aparente felicidad matrimonial, sin profundizar en una convivencia que se puede desestabilizar constantemente, que tiene crisis, que ríe, pero que también llora. Es requisito indispensable eso de tener una familia, eso de casarse, eso de tener un hijo, y el tener un hijo significa ir pensando tener el otro, y cuando vemos que los otros van armando familias, sentimos que nos vamos quedando atrás en una competencia que el mundo se ha inventado, entonces salimos corriendo a buscar a ese par que nos ayudará a formar el posterior trío.

Por ir buscando pareja nos olvidamos de lo esencial de nuestra individualidad, no sabemos estar solos, así que salimos a buscar a personas que tampoco toleran el estar solas, personas desligadas del compartir intrínseco, personas desoladas esperando ser acompañadas. Y con esta base, emprendemos la ardua tarea de armar una familia, como si de un rompecabezas se tratara, pero sin todas las piezas para que la estructuración quede bien hecha. 


Cuántas veces hemos dicho: “ya todos se están casando”, “mis amigas ya son madres”, “con la edad que tengo y sin hijos”, “las otras parejas sí son felices”; como si la vida sólo tratara de componer familias, como si el estar emparentando con alguien fuese garantía suficiente para saber que el amor existe y creer que hoy nos aman como si mañana no nos van a dejar de amar. Permanecer es un verbo que no se conjuga fácilmente en las parejas de en hoy día, ese amor idealizado, ese “vivieron felices por siempre”, como si las pequeñas discrepancias cotidianas no hicieran mejor y más constructivo el compartir de la vida.

La prioridad es tener pareja, así que nos olvidamos de ser únicos, de ser autenticos, de ser primero un “yo” para ser luego un “nosotros”. Esperamos a que nos amen, pero no sabemos amarnos por adelantado, y lo peor de todo, es que cuando nos están amando, no es suficiente, porque no se parece en nada al amor que estamos dando, buscamos que nos amen como queremos, sin darnos cuenta que nos aman como nosotros nos estamos amando. Recibimos el amor que nos damos, nos dan la importancia tanto como nosotros nos importamos, somos interesantes en la medida en que creamos que cada cosa que hacemos y aportamos es de gran interés para la vida que estamos construyendo. 

Vivir esa individualidad a plenitud, sin la prisa de hacer pareja sólo porque los otros ya la tengan, conformarnos con cualquiera para que la soledad no pese tanto, o ir de pareja en pareja porque nadie nos llena, nadie colma el vacío que nosotros no estamos llenando, nos hace ir tras el ser perfecto que nunca alcanzaremos, hasta que no perfeccionemos nuestra unidad antes de convertirnos pareja, sin darnos cuenta que nuestra propia relación es la que está marcando la pauta con el resto de las relaciones.

Elegimos ser dos antes de haber sido uno, antes de plantarnos frente a la vida como un ser valeroso con diferentes perspectivas para vivirla. Hace algunos días, la voz de una adolescente llamó mi atención cuando advertía a su grupo de amigas que ella no se casaba sin el respectivo anillo, es impresionante como en vez de estudiar, superarnos y viajar por el mundo, ya nos van inculcando la repetida cartilla del casamiento y la vida en pareja, pero sin una previa capacitación de cómo el convivir con nuestra soledad pudiera ser tan gratificante, tan pleno, tan satisfactorio, como lo sería recibir el anillo y caminar de la mano en armonía con el otro y con la vida.

Antes de sentirnos bien con otro ¿no deberíamos sentirnos bien con nosotros mismos? Descartamos a todo aquel que no se acople a la concepción que tenemos de pareja, creyendo que el próximo sí lo hará, y así vamos teniendo una larga lista de insatisfacciones, esperando al acertado, sin tolerar las diferencias, sin hacer el adecuado reconocimiento de cada ser que se acerca a nuestras vidas es para dejarnos ver que nos quedamos esperando un amor que no estamos dispuestos a dar, ya que miramos al otro desde lo que creemos del otro, y lo que se cree del otro es sólo una proyección nuestra.

Esa sensación interna de que estamos incompletos, de que nada puede tener sentido en nuestras vidas hasta que no tengamos a alguien con quien disfrutarlo, es una muestra de lo incompleto que estamos, así que atraemos a nuestra vida un ser también incompleto que nos ratifica constantemente lo incompleta que puede llegar a ser una relación cuando ambos no saben disfrutar primero una soledad para luego disfrutar un compartir.

Preferimos muchas veces la posesión de una pareja, considerándolo como un aspecto definitorio para llevar a cabo una vida de dos, sin embargo, hoy en día la obligación de emparejarnos ha sido sustituida por el deseo de amar sin medida hasta que el amor se agote e ir en busca de quien pueda ofrecer más amor sin desilusión, sin manchas, sin abismos, sin fragmentos de historias, sin condiciones sostenidas, pero ocurre que si queremos terminar en los brazos de otra persona, tenemos que aprender a abrazarnos primero, a sentirnos, a apoyarnos, a saber que somos el respaldo perfecto de una solitud que luego será pareja.

Si usted anda buscando pareja o si se encuentra insatisfecho con la que tiene, sólo le puedo recomendar una cosa, tenga una aventura con usted mismo, sí, enamórese de usted, comience hacer algo que lo apasione, conózcase, acéptese, invierta tiempo en pensarse, atrévase a estar solo, descúbrase, sépase, búsquese y encuéntrese, sea su mejor aliado, vaya con usted mismo al cine, lea un libro que esté de moda o uno que ha querido leer desde hace mucho tiempo, y cuando ya esté seguro de lo que quiere, no tendrá que titubear ante otra persona, ni recibir lo que no quiere aceptar. En fin, convertirnos en esa persona con la que los demás quieren estar nos hará ir creando una maravillosa seguridad, y al saber tener una relación de uno, sabremos tener una relación de dos.

Pero pareciera que pasar un tiempo en soledad, o haciendo alguna actividad que nos dé placer, es egoísta. Uno puede llegar a sentir que le está quitando tiempo valioso al compartir en pareja. También erróneamente se suele pensar que si deseamos un tiempo para nosotros, ya sea para estar con amistades o para estar solos, significa que no amamos lo suficiente a nuestra pareja, entonces surgen las siguientes incógnitas: ¿por qué yo no puedo ir?, ¿qué tienes que ocultar?, ¿ya no me amas más? Y para no perturbar al otro, dejamos de lado el tiempo de soledad tan necesario para nutrirnos y fortalecernos.

Si es difícil establecer pareja, es mucho más difícil hacer que perdure, pero no todos se saben quedar, no todos tienen la capacidad de planificar un proyecto de vida junto a otra persona y quedarse a ver cómo cada cimiento se va volviendo columna. Pero para que esto sea posible, debe haber dentro de cada quien la conciencia de que somos uno que formamos parte de un dúo, que se juntan para vivir momentos o para tener momentos que se conviertan en vida. Cualquier conteo comienza desde uno, y esa unidad debe estar compuesta de vivencias maravillosas y de crecimiento para luego compartirlas, y no creer que las experiencias sólo se vivan en pareja, ya que cuando la soledad toque a la puerta, no vamos a saber cómo abrirle.