Colguemos la culpa



Hay situaciones en la vida en las que llegamos a ser culpables de algo, alguna negligencia o imprudencia, incluso alguna omisión, nos sienta en el banquillo de los acusados, nos viste de culpa y nos deja el traje puesto hasta el fin de nuestros días. Por no evitar el daño en algún momento específico, vivimos dañándonos por siempre, gracias a esa pesada carga que llamamos culpa.

Vivir con la culpa a cuestas o vivir vestidos de culpa no nos permite saborear la vida a plenitud, nos vamos excluyendo de algunos eventos o al encuentro con otros para que no descubran ese trapo roto que llevamos puesto, así que cambiamos la apariencia para no sentirnos inadecuados ante ese mundo que se encarga de señalarnos con el dedo que juzga, como si nadie más supiera de culpas, como si hay que llenar las expectativas de todos para poder ser parte de un mundo sin manchas, sin acusaciones, donde mirar los errores de otros es más fácil que mirar los propios.

Cuando usted se viste de culpa, va por la vida caminando de mano con la desdicha y comienza a creer que todo está malo, y comienza a sentir miradas hirientes, y espera constante el castigo de otros o el que no descubran la mentira silente. Y si usted revelara en su vida que la culpa es simplemente una oportunidad para crecer ¿la enfrentaría para dejar de sentirla? Todos actuamos a partir de nuestra conciencia y las experiencias adquiridas, sea lo que sea que lo haga vestir de culpa, confróntelo y cuélguela. Sí, quítese esos harapos viejos y cuelgue la culpa en la parte más recóndita de su guarda ropa, pero no se trata de olvidarla ni echarla a un lado, se trata de despojarse de ella, desvestirse de ella, vestirse de confianza y colgar la culpa.

La culpa nos va creando una nueva identidad y vamos alternado esa vestimenta, y algunas veces nos vestimos de cobardía, otras veces de herida abierta. Aunque, en otras oportunidades, hay quienes nos obligan a vestir de culpa porque no soportan ellos llevar el pesado traje, y manipulan y distorsionan la realidad, culpando a los demás para no mirarse a sí mismos, ni asomar su compromiso ante los acontecimientos que nos viven señalando y no apuntando al verdadero culpable. Hay personas que están hechas de mentiras, y para despistarnos, nos hacen creer que la mentira somos nosotros, así que a veces la culpa no es ni siquiera del culpado, sino de la persona que coloca la culpa incesante, es por ello que la culpa siempre exige buscar más culpables, y sentirse culpable y vivir bajo ese yugo no es una obligación, cargamos con las expectativas de los demás, con el temor de decepcionar a los que se decepcionan fácilmente. 

Hay una culpa positiva que nos permite analizar y corregir la conducta y aprender de lo sucedido, a la cual podríamos llamar responsabilidad. Pero hay una culpa negativa que nos hace pensar y repensar en lo que estuvo mal, la que nos condena y nos hace sentir indignos, donde nos reconocemos, pero no hacemos nada para solventarla, sólo recordando y reviviendo la situación una y otra vez, nos coloca en una devaluación de nosotros mismos y disminuye nuestra valía ante el mundo que nos rodea.

No todas las personas se sienten culpables ante una misma situación o conducta, todo depende de esa mirada que a cada cosa le ponemos. Nos hemos convertido en un mundo en el que el reconocimiento de otros es relevante y nos calificamos de acuerdo a esa mirada que el otro tenga de nosotros, y si para el mundo no es correcto, entonces, muy a pesar de lo obsoletos que pueden estar ciertos valores en esta época, nos perjudicamos con una culpa que ni siquiera cabe en esta actualidad donde todos vivimos expuestos.

La culpa es inútil, jamás hace sentir a nadie mejor y tampoco cambia ninguna situación, por tanto, no garantiza ninguna solución. No es una emoción propiamente, sino una sensación que nos deja anclados en algún momento de vida, absolutamente innecesario, que ni siquiera corresponde a este tiempo que vivimos, nos sitúa en lo ocurrido, nos traslada al arrepentimiento, incluso podría llenarnos de resentimiento, nos hace pensar que el resto de quien nos rodea viven con la conciencia limpia y sólo la nuestra es la contaminada.

A veces no tenemos cómo salir de una culpa, ya que nos deja raptados sin la posibilidad de liberación alguna, metidos en un cuarto sin ventanas, donde el castigo del mundo pesa menos que ese castigo propio que nos imponemos, esa culpa que se vive adentro, sin que nadie se entere lo pesada e hiriente que puede llegar a ser y en lo represivos que nos podemos llegar a convertir.

Resentimiento y culpa se mezclan y pueden llegar a convivir juntos dentro de un mismo sentir. Es importante ir asomando en estas lecturas la palabra perdón, cuya significación puede ser incomprensible, dependiendo del contexto y el entendimiento de vida. Perdonar una culpa es casi inadmisible, sobre todo cuando se trata de la culpa de otros. Que los demás se sientan culpables no nos concierne tanto como la culpa que nos acarreamos y llegamos a vestirnos de ella por años, presos dentro de nuestra propia culpa, limitados por lo negativo de esa parte que se recuerda y se asoma a nuestros pensamientos como referencia, así que evitamos del presente cosas que se parezcan al pasado, con aquello que estuvo involucrado o con una desilusión que no sabemos sostener. Puede que el perdón sea un acto de perfección espiritual, pero también es un acto físicamente curativo, el cual significa superar el dolor y no dejar que el historial emocional domine cada conversación que se plantea para justificarse y cada momento de vida que se vive como si no se mereciera.

Siempre estamos a tiempo de remediar cualquier conducta y determinar si es mala con relación a qué o a quién, y preguntarnos ¿está dañando a los demás, o nos estamos dañando nosotros con ella? Hagamos un mundo con menos prejuicios, donde el confesar nuestras faltas no implique hacer más daño del que ya se ha hecho, ya que confesarlas (en el caso que fuese necesario) significaría reorientar nuestra energía hacia otros actos y mejores comportamientos. Como lo dije en la lectura del agradecimiento, no se trata de justificar los malos actos, ya que colgar la culpa hace alusión a una reconstrucción que va de adentro hacia afuera, donde la limpieza emocional es esencial para llevar a cabo una vida con menos peso, una vida donde la dignidad no sea algo que lleven otros, sino un traje que decidimos llevar a diario puesto.

Esta lectura no aboga a la culpa, sino que respalda al que la lleva a cuestas, al que no ha sabido salir de ella, al que se atasca sin asumir una responsabilidad madura de lo acaecido, no se está considerando al otro, porque ocurre que si el otro se enojó o no, si aceptó sus disculpas o no, si se ofendió o lo tomó como un chiste, no es lo verdaderamente relevante, ya que el enojo de otro no nos puede hacer permanecer en la culpa ni nos puede ratificar el rol de culpables cada vez que la ira salga a relucir, así que reconocer, disculparse y resolver, pueden ser grandes comienzos para despojarnos de una culpa que nos vive afectando, amargando y excluyendo.

Eso que no reconocemos siempre está relacionado con una vergüenza, algo que ocultamos, algo que no queremos ver, o algo que no cumple con las expectativas familiares o sociales, así que dejemos de sentirnos culpables y comencemos a sentirnos responsables, la culpa nos hace sentir mal con nosotros mismos, la responsabilidad, con lo ocurrido, dos perspectivas diferentes de un mismo acontecimiento. No nos sigamos llenando de responsabilidades, mucho menos de culpas, y vivamos una vida donde el buen actuar sea parte del buen obrar.