Hagamos el duelo

Cuando lo distinto llega, cuando lo cotidiano se impregna de tristeza, cuando la ausencia se hace presencia, cuando la congoja deja a un lado a la alegría, estamos frente al duelo. No estamos preparados para recibir al duelo, mucho menos estamos preparados para procesarlo. El duelo es una etapa de interrupción en nuestras vidas: pérdida, traiciones, decepciones que no esperábamos, llegan sin previo aviso, nos tocan la puerta y entran a nuestra cotidianidad sin haberlas llamado ¿Recibirlas con el corazón o recibirlas con el cuerpo? 

Hacerle el duelo a cada espacio de nuestra vida que ya pasó es importante. Estamos inmersos en una cultura en la que el duelo no es relevante, en la que la tristeza es aburrida, y por ende, no queremos importunar a los demás con nuestras perturbaciones, entonces nos distraemos y lo dejamos para luego. Pero cuando postergamos los duelos, ellos nos estarán esperando en cualquier otra esquina de la vida, tal vez para repetirlos y por fin resolverlos en nosotros o para recordarnos que ellos siguen allí, sin haber sido procesados.

Cuando llega el duelo es probable estar tan anestesiados y tan bloqueados que puede no salga ni un sollozo ni un lamento, pero por algún lado de nuestro cuerpo esos gemidos van a salir, y muchas veces en noticias que nos harán derramar muchísimas lagrimas inesperadas y que van fluyendo desde el dolor que llevamos alojados y que muchas veces no percibimos. 

Pasar por el duelo de la muerte de mi padre fue una experiencia aterradora y maravillosa. Aterradora al dejarle a mi cuerpo la ardua labor de procesar el dolor, ya que de mis ojos no salían lágrimas, entonces mi cuerpo se encargó de que el sufrimiento saliera con dolores de cabeza y piernas, manos dormidas, costillas y colon inflamados, taquicardias, ataques de pánico a mitad de las noches, estomago lastimado de recibir tantos medicamentos. Fueron tres largos años donde las visitas constantes a consultorios médicos y psicólogos, incluso varios libros que me explicaran eso que llaman la muerte, pasaron a ser parte de mi cotidianidad y pudieron hacer que lo aterrador me llevara a lo maravilloso, al comprender que el sufrimiento puede ser una puerta mágica por donde entras tomado de la mano del crecimiento y de la conciencia, y que dentro de ti hay un ser dormido que termina despertando a raíz del sufrimiento, para luego ayudar con palabras y consejos a aquellos que se encuentran dentro de este proceso de duelo, del cual ninguno estamos exentos. 

Esta fue una época muy difícil, ya que me encontraba fuera de mí, y justo quince días después de la muerte de mi padre me envían desde mi trabajo a otra ciudad, lo cual no me permitió concentrarme en la tristeza, y tuve que despistarla y postergarla por la concentración de un crecimiento laboral, lo cual me llevó a prolongar el duelo y no vivirlo en plenitud, tal como el dolor lo requiere y lo amerita. 

Al pasar del tiempo terminas aceptando que el ser que era palpable se vuelve invisible, que el tiempo se nos termina, que la vida es capaz de compensar el dolor, que somos espíritu, almas, que algún día nos reencontraremos en otro espacio, que lo que creemos ahora será la misma creencia que tendremos cuando nos vayamos de este plano terrenal. 

Sin ese previo espacio de duelo, de emociones sanadas, hubiese sido imposible enfrentarme a esta presente soledad que cada vez resuena profundamente dentro de mí. Los duelos son etapas de la vida que nos preparan para luego contextualizarnos en nuevos espacios emocionales. Todo depende de qué tanto miedo le tenga usted a enfrentar su soledad, pero llegará un momento en su vida que sentirá la necesidad de hacer un cambio, y ese cambio implica espacios de soledad y silencio. 

¿Ahogarnos en el silencio o flotar sobre el silencio? He ahí el dilema. Aquietarnos, sin miedo a quedarnos a solas, diariamente, al menos unos minutos, caminando tal vez, comiendo más despacio, encerrándose quizás en el baño o alguna habitación y viéndose fijamente en el espejo, éste último sobre todos para aquellos que temen encontrarse con ellos mismos, que temen a que el silencio les hable. Comience por masticar bien los alimentos y degustarlos, por manejar con más calma, por pensar en usted como si estuviese pensando en un viejo amigo al que no ve desde hace tiempo y le gustaría reencontrarse. 

¿En qué consiste esto? Nos han dicho muchas veces que cuando nos silenciamos aprendemos a aquietar nuestra mente y ocurren espacios donde se revelan recuerdos escondidos, tal vez de nuestra infancia que nos refleja, tal como si fuesen espejos, verdades ocultas de nuestra actual manera de pensar y percibir la vida. Si aprendiéramos a ahogar los gritos en el silencio, así poco a poco, nuestro cuerpo nos irá dando las respuestas que necesitamos, de duelos que dejamos callados, atrapados en el tiempo y alojados en nuestro organismo. 

Cuando hacemos silencio comenzamos a escuchar amorosamente a nuestro cuerpo, comprendemos que ese dolor de cabeza no es un enemigo interno, sino un aliado que te indica que debes hacer una pequeña pausa laboral, que te recuerda que llevas mucho rato frente al computador, que a lo mejor esos pensamientos llevan mucho tiempo anidados en tu mente, que sería preciso detenerte y tan sólo respirar. 

No se trata de que el silencio se convierta en olvido, es que aflore a partir de él pedazos de vida que llevamos atascadas en nuestra mente y que el ruido las esconde, es encontrar recuerdos dentro de los recuerdos, pautas mentales que se instalaron en nosotros sin ni siquiera saber cuánto tiempo llevan allí. El silencio siempre tiene cosas que decirnos, aprendamos entonces a escucharlo, pero sin miedos, sin prejuicios, sin que la culpa haga acto de presencia, sin el apuro de la vida que tenemos por llegar a ninguna parte.

Cuando le hacemos el duelo a ese trabajo que culminó, a esa casa donde ya usted no vive, a esa persona con la que compartió durante tanto tiempo, estamos entonces agradeciendo su presencia en nuestras vidas, sabiendo que a partir de esas experiencias nos hemos convertido en los seres valerosos que somos ahora. 

La frase más trillada sería decirles que busquen ese dolor dentro de ustedes y haga que fluya, pero ¿cómo se logra esto? El duelo no tiene tiempo, es un proceso individual que no nos queda de otra que padecerlo, sea tristeza, dolor, desolación, orfandad, depresión, todos muy internos e intensos, no renuncie a ellos, vívalos, siéntalos, dese permiso para experimentarlos, no tema sentir rabia, no tema ahogarse un rato en la desesperación, pero eso sí, no se quede anclado en esas emociones, deje que ellas pasen por su sentir, pero no permita que se queden a vivir en su vida. 

Los duelos forman parte de ese mundo de heridas que llevamos dentro. Heridas cicatrizadas o tal vez heridas que aún siguen abiertas y que no nos percatamos de ellas, intocables a lo largo de nuestra existencia. Si sabe que la herida esta allí, entonces examínela, véala directamente a los ojos y, sin evadir ese pensamiento, permítase sentirla, quédese a solas con ella, por más miedo que le tenga descubra qué parte de su cuerpo perturba ¿será su sistema nervioso o respiratorio? Deje que la misma herida le dé la respuesta y comience a canalizarlo, una vez detectado, podrá entender que lo orgánico va de la mano con lo emocional, que muchas veces cuando reprimimos nuestras emociones es nuestro estomago el que tal vez podría comenzar a llevar la cuenta. 

Si pasamos por encima del duelo, luego nuestro cuerpo se encargará de acusarlo, de advertirlo, de alertarnos que el dolor aún sigue allí, sin ganas de cerrarse, sin ganas de fluir. Así que fluya con la vida y agradezca lo acaecido una vez que haya procesado el duelo. Sea capaz de comprender que el dolor no es otra cosa sino aprendizaje, que cuando alguien se va de nuestras vidas es para que los cambios ocurran, y si luego de esos cambios, la persona regresara, ya no cabría dentro de ese nuevo espacio establecido con la misma forma con la que algún día sí cupo. 

Todos reaccionamos ante el dolor de una manera distinta, si es un ser muy allegado el que está pasando por un duelo, entienda que cada quien procesa el sufrimiento con el entendimiento emocional que posea. No todo el mundo llora, no todo el mundo habla, incluso, algunos usan la rabia como mecanismo de defensa para proteger al dolor, lo cual es válido, pero no debe quedarse establecido como una actitud de vida, ya que sería muy perjudicial. Para ayudar a alguien que está pasando por un duelo debe tener en cuenta cómo esa persona ha superado los momentos difíciles en otras ocasiones, para de alguna forma saber si usted tiene la opción de entrar en ese duelo y acompañar o simplemente alejarse un rato y ser un espectador de la tristeza, pero haciendo saber que estará allí para cuando ese ser amado decida llevar a cabo el dolor en compañía. 

El duelo de otros también amerita espacios de soledad, tal vez usted tenga las palabras de consuelo y de aliento apropiadas, pero la otra persona no está dispuesta a escucharlas, entonces lleve esas palabras al fondo de su ser y deje que fluyan por el pensamiento, el cual sigue la intención del buen obrar que usted quiere lograr con relación a la otra persona, puede hacerlo por medio de la oración, o simplemente enviando buena energía. 

Muchas veces no sabemos qué hacer con las tristezas de otros, pero es importante comprender que cada quien tiene un proceso de evolución muy diverso al nuestro, que somos de alguna forma co-responsables de lo que nos sucede, y por ende, co-responsables de solucionarlo y sanarlo.